viernes, 27 de abril de 2012

  Viaje a India



Paco De La Corte







 Viaje al Interior........ 40 días en India.











Llegué a una plaza pequeña en donde el caos del tráfico y gentío se asoma en un constante fluir y ruidoso estruendo. Es McLeod Ganj, situado a una altura de 1800m. Se le considera Dharamsala alta.

Hice el viaje en bus, que solo su nombre lo es, por unas carreteras inexistentes y trece horas y veinte minutos duró su movimiento. Mi virtual asiento junto a una ventanilla que no cierra hace que me cambie al pasillo, en el que su diminutivo hace honor a la palabra escrita. Una tibetana de unos treinta años con un bebé en brazos me pide el cambio de asiento alegando que suele vomitar cuando viajan en bus. Al menos solo fue un engaño para cambiar el asiento...
A media noche, el bebé apoya su cabeza en mi pierna y su madre la suya sobre mi hombro, ni siquiera los movimientos bruscos les hacen cambiar ni despertar… Solo busco la mejor postura en mí para favorecer el descanso de ellos.

Bajé del bus, al que había subido el día anterior, en terreno donde las moscas y las avispas peleaban por los restos de comida y las vacas “en su condición de sagrada” tenían el derecho de rozar buscando comida y a veces rastreando en las mochilas. El calor era insoportable, recuerdo que anunciaban 45 grados con una humedad del 70 por ciento, el agua se agotaba en cada trago.

La salida debía de ser a las 18:30 pero una equivocación de un billete vendido de más, logró retrasar su horario en media hora, no sin antes gritos, insultos, agresividad y al final la devolución del dinero. Se quedó en Delhi, cerca de la Comunidad tibetana, de donde al menos yo había logrado escapar después de una noche y un día esperando entre mujeres con bebés en brazos dormidos.
Cuenta aquí que son drogados y no piden dinero, solo la leche para poder amamantarlos, pero cuando giras media vuelta, ella devuelve la leche que has comprado segundos antes en la tienda y se lleva el dinero o parte de, porque ya están de acuerdo mujer y tendedero. Mendigos y mutilados que arrastraban sus nalgas por falta de una pierna, algunos sin ellas, otros con deformación incomprendida para la razón humana, por un suelo desaparecido, entre escupitajos, mocos sonados al aire, orines, moscas y aguas sucias y fecales que corren hacia abajo de los albergues llamados hoteles, y de los niños que lavan las ropas de cama y toalla de los mismos, en el suelo, no alcanza los 7 algunos de ellos.

Al menos las tiendas colocadas a cada lado te permite unos segundos no respirar el olor que pasa a través del pañuelo, el cual se graba en un lugar de la mente…

Creía que todo estaba concluido y todo caminaba en la dirección más saludable cuando un tornado quiso saludarnos en medio del camino de tierras. Yo confiaba más en la pericia del conductor que en el karma. Con los vehículos parados el conductor hábil continuaba. Las arenas y restos de ramas paseaban en el interior del bus, las ventanas no lograban cerrar, ojos medio cerrados, boca tapada y respiración aguantada. Nada se veía al frente, todo eran remolinos. Pasaron unos 15 o 20 minutos, donde la claridad de la tarde oscureció todas las sensaciones. A veces el karma nos deja esto para que podamos asimilarlo, aunque sigo pensando que la pericia y la osadía del conductor nos saco de ahí. Ahora solo me quedaba esperar a quien debe recogerme en la parada para llevarme al albergue.

Confío que la habitación sea igual o parecida a Delhi, Wongdhen House en la New Tibetan Colony, donde el calor era insoportable, un ventilador en el techo imposible de bajar su velocidad y donde su ruido no dejaba dormir, un baño...sí un baño, o al menos esa era su utilidad. Había unas zapatillas de goma para poder utilizar, no eran nuevas ni limpias, aun así siempre sería mejor que pisar el suelo desaparecido, el lavabo servía para ser lavado y el water era mejor usarlo desde lejos, intentando tener buena puntería. Pero qué importaba, solo será algo más sobre el suelo. Al menos me lleve un saco sabana donde pude reposar y no ser atacado por los mosquitos y demás bichos voladores hablando en indio y comiendo hambrientos.

Me dijo Nuria que debía bajarme en la segunda parada y no en la primera de Dharamsala. Yo estaba atento, en la primera se bajó solo mi compañera de viaje y su bebé en brazos. Una verdadera odisea el pasar por el estrecho pasillo del bus con las bolsas, mochila... Observé que solo bajaba ella, así que esa no debía de ser la primera parada, más bien sería un favor, cuya palabra desconocen por aquí. Así que en segunda, la primera de Dharamsala para mí, se bajaron menos de la mitad de los pasajeros. Era evidente que esa no era mi parada. Me dispuse, calcé mis pies descalzos y en cierto modo sentí alivio. El contacto con las barras debajo del sillón me tenían marcado los pies alrededor de los insectos que habían disfrutado con ellos. Pasamos el pueblo de Dharamsala por una sola avenida principal, cubierta por tiendas y coches que pitaban, motos de los modelos de la segunda guerra mundial con marcas que no lograba recordar, o quizás inexistentes en el occidente. Todo era cuesta arriba, los caminos se inclinaban en una pendiente como queriendo tocar el cielo, las curvas, verdaderas esquinas, donde los precipicios caían libre al vacío. De vez en cuando parada en seco, otras veces saltos y brincos, era una feria de atracciones sin coste añadido. Por fin, y después del paso por un puesto militar, llegamos a la que sería mi segunda parada, McLeod Ganj.
¡Oh no! Me había equivocado. Al final la primera parada de mi compañera de viaje no fue un favor y la segunda en Dharamsala era la mía.
-Oiga, por favor, yo voy a Dharamsala!, ¡Oiga!, ¿puede llevarme el bus a Dharamsala?

Solo podía escuchar y creer entender sonidos que me eran familiar, mantras, o al menos sonidos guturales. De vuelta a Dharamsala, eran las 7:30, estaba convencido porque así quedamos... Nuria llegaría un poco más tarde a recogerme. Cuando le escribí el email para decirle cuando llegaba quedamos en vernos y me ayudaría en lo que pudiese. Ella tenía cierta experiencia, había marchado a principios de mayo por voluntad a visitar Dharamsala y recorrer en el último mes la India. Eso creía ella, que lo hacia por voluntad. Después de conocernos, me contó cosas que hacían comprender con la habilidad que había sido manejada, manipulada por Kamala el monje de un Monasterio Tibetano de Alemania, pero esta es otra triste historia.
Mi reloj marcaba las 9:00 horas local, cambié adelantando tres horas y media, preocupado y sin saber qué hacer pregunte con mi ingles muy personal, que en ocasiones utilizaba mi propio diccionario para entenderme, por un teléfono, pero de nuevo los sonidos céntricos o guturales aparecieron. En un haz de luz use mi móvil, la llamada era a España y de vuelta a India, sería caro, pero era mi única oportunidad. 

-¿Nuria?, sí estoy aquí, en la estación de autobús en Dharamsala,
-Ok, te espero. 

El reloj marcaba las 9:30, era extraño, Nuria me había asegurado que estaba en camino, muy extraño, y rodeado de gentes, y autobuses que no paraban de entrar y salir en una estación al aire. El sms podía ser más barato,
-"estoy aquí cerca del cartel de horario, llevo camiseta verde y mochila azul",
No era mi intención dar prisas, ni molestar, al menos ella me reconocería, de nuevo el reloj marcaba pero esta vez eran las 10:00 horas, la paciencia y las sin prisas empezaban a ser entrenadas. Pensé que no importaba molestarla, yo estaba convencido que algo le había ocurrido. 

-¿Cómo, en la segunda parada?, si esta es MacLeod Ganj, ¿es ahí donde tu estas?, yo me he bajado ahí, pero tú me dijiste en Dharamsala.
-Un Jeep 4x4 p más barato, no , cogeré un taxi será más rápido, no debes preocuparte, pagare de nuevo las 150 rupias.

 De nuevo al ruido y movimientos constantes en un sinfín de gestos, roces y sonidos. Allí estaba Nuria, a un lado esperando de la plaza para no ser atropellada constantemente por los taxis y motos. Su aspecto era de cansada, o quizás ausente, sus movimientos en un continuo desequilibrio y su mirada perdida debajo de unas gafas, cuyos cristales debían de ser reciclados del culo de una botella. No pesaría más de 45-46 kg, y su estatura un poco más baja que la mochila que portaba en la espalda. Pocas palabras, y de marcha en busca del albergue que al parecer ya estaba apartado, ¿o no?,
-He quedado con el dueño, un amigo me dijo quien era el dueño, pero yo le he dicho que tengo un apartamento pero voy a dejarlo, porque hace mucho ruido, pero no sé si cogerlo, podemos ir a verlo, Paco, pero no sé si tendrá otro, yo creo que me quedare ahí, y tú, ¿qué harás? Los oídos parecían platillos en un resonar, la mente en un tambor constante golpeado y mi diccionario no encontraba respuestas a las palabras dichas por Nuria.
Entre tantos jaleos y desorden, mutilados y mendigos se me vino a la mente, cuando el comandante del avión anunciaba la llegada a Delhi, tiempo, horario y que rellenáramos las hojas que nos entregarían las azafatas y que debíamos entregar al pasar por aduana. Impreso de declaración, tabaco, alcohol, etc., y un documento que me puso en alerta todos los sentidos y quizás algunos más.... “Sanidad”. Todos los miembros de los países afectados por la gripe, o aquellos que hubieran pasados por ellos, entre ellos España, debíamos de hacer una declaración firmada de que no habíamos en los últimos 10 días haber padecido fiebre, agotamiento, resfriado, contacto con algunos de que lo hubiesen padecido, no haber trabajado en contacto en hospitales o consulta. Quedaba 30 minutos para la llegada y el cansancio después de 8 horas de avión era evidente, la falta de sueño, desde el día anterior, se mostraba en mis ojeras y calor corporal, también debido a las comidas en el avión hindú, exageradamente rica en picante. El bus que nos recogió en el avión, llevaba las ventanas abiertas, así que aproveche para refrescarme y no mostrar síntomas algunos, estaba claro que decía en el documento que pasaríamos por un puesto medico y se nos podría tomar temperatura, análisis de sangre y no sé que más.....algo de cuarentena.
 Allí estaban, sentados justo al frente de la puerta que daba acceso al paso fronterizo, eran tres, con pijamas blancos, mascarilla y guantes, me recordaba cualquier versión cinematográfica nazi de la SS. Fui el primero. Me preguntaron por el país de procedencia y no tuve más remedio que decir España, no antes sin decir para quitar presión que había embarcado en Bruselas, este país no estaba en lista negra. 

-¿Has tenido fiebre o has estado resfriado?

-No, claro que no, le contesté a quien me revisaba de arriba abajo.

Dos matasellos con fuerza quedaron impresos en el documento. Ahora sí, el sudor exudaba por cada centímetro de mi cuerpo. Había pasado, solo quedaba la aduana, pude entender mejor lo dicho sobre la India, la paciencia es una virtud que hay que saber respetar, claro cuando se trata de que eres tu quien pides. Tuve que esperar, demasiadas preguntas a la señora que marchaba delante, después de 15 minutos me tocaba turno.
-Impreso,¡no relleno!

-Sí, lo sé, ¡pero esta parte no la entiendo!
Fija su mirada en mi mala enrollado en la muñeca.... 

-Hare Krisna, eh!, 

-Sí, sí, -le contesto, consiguiendo su sonrisa-.
Y que sea él quien termine de rellenar el impreso. 
Mira el impreso de sanidad, me mira a los ojos y lo guarda. 

-¿Dónde vas?

-Dharamsala, como turista, adelantando posible segunda pregunta.

-¿Dónde te hospedas? ¿Nombre del Hotel?

-Nyingtob Ling. Solo fui capaz de darle el nombre de la escuela de discapacitados al que iría como voluntario.

-¿Cuando regresas?
-27 de junio.

Anotado, y listo, el sudor de nuevo aparecía, era el mismo exudado después del paso médico que había entrado por los poros de nuevo para evitar muestras de inquietud, ante la aduana, el olor era más fuerte.

Nunca antes había visto un aeropuerto que pareciera un estación de tren de las clásicas en ciudades antiguas, seguramente su nombre es más importante y grande, Aeropuerto Internacional Indira Gandhi de Delhi.

-200 rupias, ¿cuánto tiempo estará?

-No lo sé, solo estoy mirando.

El apartamento nuevo de construcción, aún estaba el fontanero instalando el grifo del fregadero, el espejo de wc aun con su papel protector, el edredón y la almohada con su funda de plástico, sabanas dobladas sin abrir, vista a la montaña del Himalaya, y aún con restos de cemento blanco sin limpiar, dos camas grande unidas, un fregadero encimera grande, un cuarto de baño, grande con su ducha y una terraza al aire del acantilado, con un ventanal que cogía la pared entera, con cortinas que no quitaban demasiada claridad. Era demasiado grande para mí, y no quería nada similar que me ayudase a recordar cosas de España. Supe después que estaba equivocado.

-Sí, hola está Elsa. ¿Por favor?. Bien puedes decirle que le ha llamado Paco de España, gracias.

Yo le había escrito varios mails a Elsa, la casa del Tíbet de España me puso en contacto con ella. De alguna manera ella dirigía una ONG en Nepal.

-Sí, ¡ah! hola, Sonan, ¡ah! eres el marido de Elsa, bien, quedamos ahí en 10 minutos.

Rápido a la plaza principal de McLeod Ganj, ya la conocía así que no me sería difícil encontrarla, también me acompañaba Nuria, así que no me perdería, Aunque creo que era yo quien la guiaba.

-Sí, soy Paco, ¿tu eres Sonan?. Sí, de acuerdo.

Sonan, el marido de Elsa, se habían casado hace un año, y aún estaba esperando los papeles para poder marchar a España. Los tibetanos no pueden salir de este país, tienen permiso para viajar por el interior de India como exiliados pero carecen de toda documentación. Al final me dijo Elsa que casi 4 años podían esperar para conseguir un visado especial para salir del país.
-Hola Elsa, que bien, por fin... sí, he llegado esta mañana, estoy buscando, junto a Nuria un apartamento, ¿sabes tú algo? 
Me pidió que le pasara el teléfono móvil a su marido. Nos pusimos en marcha.

-Cuánto, 200 rupias, joder......
Increíble, era amigo de Sonan, la habitación sucia, oscura, baños compartidos...de suciedad a compartir, claro, no más de 10 metros cuadrados.

-Paco, son todas como esta, y esta es barata.

-Déjalo, Sonan, hemos visto otro por 200 rupias, que estaba bien. Esta tarde nos vemos.
Habíamos quedado con Elsa que nos veríamos a partir de las 6 de la tarde, iríamos a cenar juntos. 
Corríamos como liebres perseguidas por galgos... aún así paramos en el Hotel Lady, estaba en camino, al principio pensaba que solo era para mujeres.

-Solo nos queda una cama, en una habitación compartida.

-Bien y el precio?.

-150 rupias, ¿quieres verla?.

-Sí, por favor.
El por favor habría sobrado, una habitación salón adaptada, con 4 camas por cada lado, sin espacios entre ellas, compartidas por mujeres y hombres, con ropas por todos lados, sin ventana, solo la luz que podría dar la puerta abierta, paredes pintadas, que daba alegría a la suciedad y humedad, y un olor que me recordaba al queso de Extremadura blando para untar, cuyo nombre se me hace difícil de recordar, porque siempre intento quitármelo de la mente. Era verdad que el nombre de Lady le honraba, seguramente a media noche el roce y el cambio de cama podría haber pasado, aunque bien pensado la cama que quedaba libre, era junto a un extranjero con pelos nunca lavados y cara de ojos saltones por el hundimiento de su cara. El humo de su cigarro tapaba algo mas que era difícil ver entre sombras, y su olor corporal, si es así como puede llamarse cuando no existe el sistema muscular, no dejaba oler otros aromas, quizás fuera mal educado, tenía los pies con sandalias sobre la cama, pero al fijarme más detalladamente, eran sus plantas de los pies, nunca mejor palabra para describir cuanto veía, efectivamente eran plantas con sus raíces y flores, debía de ser vegetariano y era su lugar de siembra.

-Sí, me quedo con el apartamento te pago dos noches, ¿de acuerdo? ¿Son 400 rupias? 
La cocina no, no la quiero.
Cobraba 50 rupias más por la utilización del gas, y estaba convencido de que no cocinaría, quería probar todas las comidas de la región.
 Desde el día de ayer, cuando deje la habitación en la comunidad tibetana, no había conseguido ducharme, aunque sí es verdad que una hora antes de la salida del bus había entrado en un wc, y gracias al grifo a ras de suelo, que usan para lavarse después de haber usado el wc. Hay que decir que esta cultura no se usa papel higiénico, así que siempre usan la mano izquierda para esos menesteres. Quité mis ropas, las coloqué a un lado, con las manos y poquito a poquito conseguí lavarme, en un baño que me sirvió como el de los mejores hidromasajes de cualquier spa, tampoco habría gran diferencia en el color del agua. Recuerdo aguas que proclaman curativas con color de barro y las gentes pagan más por ello, también es cierto que aquí el cloro serviría para alimento de los virus. Un calcetín me ayudo con el jabón y mi toalla pequeña hizo el resto. La puerta sonaba, cada vez con más fuerza, alguien tendría la barriga suelta, pero aún tendría esperar. 
Casi media hora de ducha, dejando correr el agua sin reparar en gastos, había observado que tenía placas solares. Tumbado en la cama, mirando hacia afuera, desnudo sobre las sabanas, con las montañas que se asomaban con majestuosidad y dos árboles de más de 30 metros de altura, sus copos alcanzaban mi terraza, y en ellas varias urracas me daban la bienvenida.

Mi salida desde Sevilla el domingo a las 15:00 horas en dirección a Barajas, con el cambio de bus en la estación sur de Madrid, había tocado su fin a las 21:30. Aún tendría que esperar el vuelo para Bruselas. Noche larga, sin saber dónde colocarme, los bancos con reposabrazos impedían el tumbarte, así que un McDonald abierto las 24 horas y unas gafas de sol me sirvieron para dejar que los ojos descansaran, hasta que la señora de mantenimiento decidió limpiar mi zona de sueño. Las 6:00 del lunes y tocaba embarque, respiro e inquietud por el paso de control de embarque, nunca había visto tanto histerismo y tanta falta de respeto, supongo que con razón infundados. La llegada a Bruselas y el cambio de "gate", aprenderé su significado en mi diccionario de inglés para la ocasión comprado. Toda una odisea, nunca podré comprender porque no se respete a quienes como yo, habiendo llegado a las 08:55 y el embarque a las 09:05, con varias colas para pasar el control de embarque, que de una ojeada, seriamos unos 600-800 personas. Recurrí a mi mejor aliado en estos casos..... Mi no entender.....no hablar ingles... mi avión se va.... Gracias a la flexibilidad y agilidad, salte por encima de las vallas, entre gentes, mochilas y bolsos.

-Oiga, por favor, mi avión sale. Le decía a unos de los controladores.

-Señor lo siento tiene que esperar.


Seguramente esas palabras serían para quienes estaban detrás de mí, yo había decidido pasar. Le enseñe la tarjeta de embarque al siguiente controlador que ya tenía preparada las bandejas para depositar las cosas.

-Rápido, ¡pase por favor!.
Sin duda alguna era más consciente.
 Corriendo sin parar, la puerta 47, estaba en la puerta 0, pasillos mecánicos y no daba tiempo, aun así, una parada para comprar un café y un bizcocho, tarjeta de embarque en mano, café en la otra, y el bizcocho aguantado por los dientes.

-Por favor, tengo tiempo para embarcar?.
Era un Indio, tras el mostrador de la Jet Airline.

-Sí. Sonriendo, miraba el café y el bizcocho.

Las 18:00 horas, ahí estaba Sonan y seguramente Elsa. Lo más cálido del viaje hasta ahora sin duda fue el haber llegado a Dharamsala, tantas veces visto en Internet y en mis sueños. La ducha de media hora, entre plásticos y cintas adhesivas por lo nuevo del mobiliario, ni siquiera quise apartarlo, sentía la necesidad de respirar algo nuevo y limpio. Y su abrazo con un bienvenido, sus rasgos eran de verdadera española. Ella estaba comprometida en la lucha por la defensa de los menos favorecidos en esa región de Nepal y Tíbet en el exilio Dharamsala, estoy convencido que no es necesario más detalles, es cuanto uno puede imaginar en su más profunda emoción. Nos dirigíamos hacia un restaurante de unos amigos de Sonan, situado en una segunda planta con vistas al Himalaya. Una familia tibetana, con bebés incluidos y muchos jóvenes que sin duda alguna aumentaban la clientela inexistente. Decidimos cambiar a otro lado, no había mucho que comer, poco género, seguramente se habrían comido ellos todo el género del día. Lasha es el nombre del restaurante, también en segunda planta, su terraza con encanto situado sobre la gran plaza de los ruidos, donde los bus, taxis, moto-carros y motos, compiten con sus claxon. La cena fue exquisita y sería en este restaurante, a la semana siguiente, donde sus dueños hablaron conmigo.

-¿Tú eres de Grecia?. -Preguntó la dueña del restaurante, sus rasgos eran evidentemente tibetanos-.

-No claro que no, soy español.

Al día siguiente, entre dudas, decidí regresar al mismo restaurante, la cena era buena y variada.

-Hola, ¿tú eres español?

-¡Sí, te dije ayer que sí!

-Ella es Thinlae, mi hija, tú puedes enseñarle español.

-¿Por qué quieres aprender español?.
Thinlae, tibetana de pelo largo, cara serena, rasgos japoneses y sonrisa no olvidada.

-Tengo que ir a Brasil, si, ¡lo se!, se habla portugués pero quiero aprender español.

Quedamos al día siguiente, a las 18:00 horas, habíamos pactado un cambio, yo le enseñaría español y su madre me daría de cenar. Sonan y Elsa no comprendían la suerte, tengo un buen karma repetían ellos. Pero esta también será otra historia.
 Había decidido que esta semana y hasta el domingo no haría nada, solo descansar y situarme. Todo debía pasar más despacio, de manera alguna debía dejar fluir, tendría tiempo a partir del lunes para empezar a hacer cosas. 
El templo y residencia del Dalai Lama estaba muy cerca del apartamento, todo encajaba como piezas de un puzzle. Ya me había enterado que el Dalai no estaría aquí en estas fechas, y sí el 6 de julio por su cumpleaños. Estaba decidido y asumido, lo vería en otra parte de Europa. El camino era largo y siempre en giro. A mitad, un artesano se encargaba de ir colocando piedras con mantras que se le podía solicitar pagándole, "Om mani padme hum". Era sin duda el mantra más solicitado junto a múltiples banderas de colores representando al mantra que cubrían todo el recorrido  que rodeaba el templo y la residencia del Dalai Lama, casi una hora de camino. Templo, residencia de monjes y por supuesto no podía faltar los mendigos indios, verdaderas familias, y algunos yoguis, o al menos eso parecía.

-Mira, Paco, ¡que raro!, los militares, eso quiere decir que el Dalai Lama está ahí.
Elsa se había percatado de ellos, estaban custodiando, vigilando el alambrado que cubría la residencia. 
Una ilusión nació en mí, podría verlo.

Los días pasaban rápidos, a pesar que siempre estaba despierto y levantado a las 5 de la mañana, el sol entraba con fuerza entre las cortinas saludándome, junto a canto de mis amigas la urracas. He de reconocer que sonaba mejor que la flauta que me compré y que aún solo he conseguido varios sonidos que rompe con la quietud. Fue mi segunda compra importante, un shakuhashi, la flauta japonesa de madera, su sonido profundo me tenía cautivado desde hace un tiempo, pero su precio era prohibido en España, de los 900 euros a los 2000. Más barato verlo y disfrutarlo escuchándolo en mi mp3. Un nepalí que hacía sonar todos los estilos diferentes de flauta que vendía, un sonido envolvente en un viaje constante hacia el interior.

-4000 rupias, este shakuhashi. ¿Quieres probar?

-No por favor, no sé, ¿puede usted hacerla sonar?
 Aún sigo escuchando su sonido… después de dos semanas.

Un paseo, una parada, mi PDA me ayudó a calcular el cambio, y efectivamente 61 euros, no podía creérmelo. El nepalí ya me había dicho que en Japón era muy cara, esta era de un amigo suyo, su familia estaba en Nepal y él tenía que enviar dinero, llevaba un tiempo y no había vendido.

-3500, puedo bajar precio.

Sin duda la compre, y de nuevo le pedí que la hiciera sonar. Su corazón salía en sonido. Fui feliz, tenía mi flauta shakuhashi y habíamos quedado en que me daría una clase, siempre me ha gustado y me divierte el regateo, “¡tú berebere!” me dijeron una vez en Marruecos, y así lo creo.
Tranquilo en mi terraza, con sumo cuidado saque mi shakuhashi, me lo puse en tal como vi en él, y sople, al cabo de un rato soplando. Me ha engañado, no puede ser posible, me ha vendido la flauta y se ha quedado con el sonido. No puede ser, parecía que llenaba globos, solo se escuchaba el viento.

-¿Ram, podemos quedar esta tarde para la clase a las 6?, bien, sí, gracias.
Tenía su número de teléfono.
 De nuevo la decepción, Ram no me había engañado, el shakuhashi aún conservaba su sonido, era evidente, yo era como mis amigas las urracas de las mañanas.
Domingo 24 de mayo. Ya conocía la entrada del Templo, así que muy temprano ya estaba allí. Había mucho movimiento, colocaban colchonetas y cojines alrededor, algo se estaba preparando, no había nadie con quien pudiera hablar, pocos hablaban inglés, así que a lo mío, un pase alrededor, ofrecimiento a los budas, y hacer rodar los cilindros del "Om mani padme hum", no sin seguir preguntándome para que sería esos preparativos. 
Lunes 25 de mayo, de nuevo mi rutina, estaba convencido que era imposible dormir más de las 5:30, así que con mucha tranquilidad, una buena ducha caliente, un afeitado, y un té con leche, que por 5 rupias me tomaba diariamente a la puerta del templo, también descubrí unos donuts tibetanos, que vendían y que estaban mucho mejor, que los conocidos, total 10 rupias por desayunar. Este sería mi último desayuno, durante una semana que duro las pujas, eso era lo que se tramaba, empezaba a las 6:00 y terminaba a las 17:00, todo el tiempo recitando mantras, sentado en posición de buda sobre un cojín y debajo la colchoneta, ahí estaba yo, en medio y junto a la puerta que daba al salón tan conocido y fotografiado donde siempre aparece el Dalai Lama sentado, como en la película 7 años en el Tíbet, o como los múltiples videos y documentales que se pueden ver en youtube. Pasaron unos monjes ofreciendo Leche con mantequilla caliente y pan, es típico tibetano, pero no había manera, no tenía un cuenco para llenar, así que no pudo ser ese día. Las piernas y el sueño me invadían, así que decidí a las 10:00 regresar al apartamento y dormir un poco y estirar las piernas. Solo fue una ducha, y de regreso al Templo. Era justo el momento de una parada, las 12:00. Todos corrían, tibetanos, y monjes y algunos extranjeros hacia la parte baja del templo. Ofrecían la comida, arroz blanco, sopa de lenteja, pan y yogurt. Debía de buscar un cuenco o recipiente, así que me fui alrededor del templo, y en una de las capillas había apilado cuencos de bronce que se utilizan para las ofrendas en comidas o agua a los Budas, estoy convencido de que no se enfadarían conmigo los dioses por coger prestado un cuenco, que me serviría para almorzar. Ellos reían viendo mi cuenco y hablaban entre ellos, estoy convencido que sabrían donde lo había cogido, así que hasta arriba de arroz y sopa de lenteja y encima yogurt con un pan blanco, que apenas se presenta cocido. El cuenco seguramente pertenecía a los dioses, la comida me supo a ellos. Este sería mi cuenco durante la semana que duro estas pujas. Una semana de meditación, desayunos y almuerzo. Hoy lunes aún no sabía que me tenía preparado el karma.
Martes 26 de mayo, eran las 11:55 h, se acercó, levanto su mirada y miró fijamente a mis ojos, ni siquiera pude ver sus gafas, solo su mirada… su sonrisa.
En una tienda de productos tibetanos, encontré los malas que estaba buscando y que de alguna manera serian mis malas. Uno de madera de sándalo, con su olor inconfundible, el otro de madera de rudrasha, el árbol donde Budha encontró su iluminación, su color oscuro y con piedras blancas y gemas verdes. Guardé el de sándalo y colgué en mi cuello el de rudrasha. Aún llevaba en mi muñeca izquierda el mala de madera que me regalo Fernando. Sería mi mala para las oraciones y meditaciones, el de rudrasha podía esperar. Por la tarde, me entero por Daniel, un español que vive aquí en McLeod Ganj, que su amiga tibetana que trabaja en información y turismo, se ha enterado que el Dalai Lama, estaría en la puja de mañana martes, de 7 a 9 de la mañana. No podía creer que fuera cierto, que pudiera ver, de alguna manera estar cerca del Dalai Lama. Estaba equivocado, el karma sería otro.
Había decidido levantarme a las 6:00, para estar pronto y coger un buen sitio en el templo, quería estar cerca, se lo comente a Nuria y me pidió acompañarme. 6:25, y estábamos colocado al frente donde se sentaría el Dalai Lama, a unos 15-20 metros, entre monjes. Al final era cierto, el Dalai Lama vendría, todo estaba preparado. En la entrada del Templo varios agentes de seguridad vigilaban la zona de entrada, haciendo pasar por un detector de metales y cacheando. Me habían comentado el día anterior que no se podía llevar, grabadoras, móviles, cámaras, mecheros, cerillos, etc. Yo violando las reglas me escondí mi cámara digital, ayudado de su cuerda en la zona genital. De nada sirvió, el celo del vigilante dio con la cámara.
-¿Qué es?
-Una cámara, le conteste.
-Prohibido, no puedes pasar.
Le pedí dejarla ahí, y no fue posible, la única solución era llevarla al apartamento. Corría como un galgo en las cuesta arribas, que se hicieron planas, y de vuelta las cuestas abajo eran nubes en mis pies. De nuevo el cacheo y las disculpas por mi parte.
Demasiado movimiento de gentes, ni un lugar donde sentarse, supongo que seríamos más de 2000 personas, todos los monjes del lugar, tibetanos, indios y extranjeros. Pero ahí estaba yo, en un lugar de lujo, muy cerca de la escalera que seguramente debería de subir, estas daban al frontal de su residencia y por lógica él debería de subir porque al templo siempre se entra dando una vuelta en sentido del reloj. Las 08:55, mas de dos horas de espera, algunos militares situados en lo alto de la escalera, monjes y monjas sentados y de rodillas junto a ellas. Yo solo estoy a 8 metros. De pronto empieza a subir la comitiva, algunos monjes ancianos, los del cuerpo de seguridad, y salí corriendo agachado entre monjes, quería estar cerca. El subió, miró hacia nosotros pero continuó saludando, con su sonrisa, que siempre tiene para cada uno. De nuevo regreso a mi asiento, nadie lo había tocado, y Él entro, se sentó en su sitio y la puja empezaba o continuaba, lo que desde las 6:00 había empezado. Mantras, silencios, y más mantras, momentos con su campana y corporales, sonrisas, gestos con las manos, y más sonrisa. El último mantra empezó con una largo silencio de una hora y media, eran las 11:45, se levantó y se dispuso a salir por la misma puerta que entró, pero esta vez debía de bajar por la escalera que estaba a mi derecha a unos 5 metros, así cumplía con la obligación de dar el giro al templo. Tibetanos, monjes y extranjeros, corriendo al pasillo de la bajada de escalera, no más de 2 metros de anchura, agachados, algunos con katas (pañuelos blancos para la bendición) y otros porque ya estaban ahí. Me acerqué entre empujones y agarres para que me agachara y me puse en segunda fila, saque mi mala de rudrasha del cuello y lo coloque en mi mano izquierda. El se acercaba, paro a su izquierda para conversar y bendecir a un anciano, solo estaba a dos metros de nosotros, giró y se acercó a la inevitable bajada de la escalera, solo podía mirar hacia nosotros no había otro remedio, una extranjera levanto sus brazos con el kata blanco, otros agacharon, otros querían tocarlo. Yo me levanté, con una ligera inclinación de mi cuerpo y mi cabeza con la mirada hacia abajo, extendí mi mano izquierda con mi mala de rudrasha, Él se paró, subió su mirada, miro a mis ojos, extendió su brazo derecho, cogió mi mano y toco el mala de rudrasha, su mano era suave y fría, su sonrisa entro en mi corazón y su mirada fue al alma.
-¿Puedo tocarte Paco?.
-¿Y yo también, por favor?.
Elsa, su marido y varios amigos querían tocarme, de alguna manera ellos estaban convencido que tocándome, pasaría energía del Dalai hacia ellos. A veces tu propia energía juega esas pasadas. Algo extraño estaba ocurriendo en mí, nada sería igual en ese día.
Decidí ir a meditar cada día al templo, al principio solo seria 10-15m, se iría sumando cada vez mas minutos, y las historias vividas siempre diferentes, aunque si tengo que decir que había algo que siempre se repetía, hasta un cierto día, que decidí colocarme de frente y... esta también es otra historia.
-Un momento Paco, me llaman.
Estábamos cenando, yo debía de cenar donde impartía clases de español, y coincidió que llegó Nuria con un amigo y se sentaron a mi lado.
-Puedo hablo contigo Paco, me gustaría contarte una cosa para que me des tu opinión.
-De acuerdo, Nuria, ahora o después.
-Después, tomamos un té.
Kamala, la había llamado, le había preguntado si ya había conocido a Dr. Tibetano. Eva, amiga de Kamala, le había aconsejado a Nuria la posibilidad de viajar a Dharamsala, aprovechando la situación de paro, y claro como a ella le gustaba todo lo referente a la cultura tibetana y budista. En dos semanas sería decidido su viaje, todo preparado, dos días antes. Kamala le había pedido si podría sacar unos papeles importantes para alguien de Dharamsala que quería casarse como medio para salir del país. Todo listo, 1 de mayo y Nuria estaba en camino. Lo que no sabía es como la habían manipulado, para que fuera ella quien se casara con el Dr., de ahí las llamadas de teléfono. Después se supo que era Eva quien debía de hacer ese encargo. Fue una semana de asedio total, con rumbos perdidos, llamadas y más llamadas, y yo en medio. Solo podía aconsejarle que fuera a conocerlo y se dejara llevar por su corazón, aunque bien era triste la manipulación.
-Tiene familia en Tíbet, el es viudo y de 50 años, Paco. Me ha invitado a pasar el día en Dharamsala baja, el próximo sábado e iremos a ver un partido de criquet. Me siento mal, no se que hacer, además tendría que bajar a Delhi, recoger unos documentos, rellenarlos aquí en Dharamsala, volverlos a bajar.
-¿Y esos gastos quien lo cubre, Nuria?
-No se, no me ha dicho nada, tampoco Kamala.
-Siempre he utilizado mi almohada para comentarle muchas cosas y a veces funciona, aunque no la tengo aquí, así que mejor coge la tuya, vale.
-Gracias, Paco.
Más tranquila, con ojos perdidos, más de lo que las gafas tapaban. Al día siguiente y antes de su excursión con el Dr., ella le había dicho que había decidido no seguir adelante y disfrutar con su viaje por India, no estaba bien como la habían manipulado, y no quería sentirse mal, haciendo algo que después no sabría las consecuencias.

Una amiga de Elsa debía acudir a la consulta del médico del Dalai, por segunda vez. Yo le había pedido a Elsa conocer al Médico. Este fue uno de los motivos de haber viajado a Dharamsala. La Medicina Tibetana siempre tuvo un lugar en mi corazón, que fue reforzado con mi primer curso de Terapia Cráneo Sacral. Una amiga de Santiago de Compostela me había aconsejado aprender CraneoSacral, aún yo no sabía que era. Después supe que desde siempre lo practiqué en mis terapias. Así que en un próximo curso en Valencia tuve mi primer contacto con la Biodinámica CraneoSacral. El profesor, delegado en España por Un Maestro Ingles en estas terapias, me comento que éste había estado aprendiendo algunos años con la medicina Tibetana y había conocido al medico del Dalai e intercambiado opiniones. Así que algo se encendió en mí... y quizás sólo fue el EGO que brilló, pero de alguna manera éste me ha llevado a caballo en muchos caminos.
Estaba dispuesto a pedirle a este médico si podía aprender algunas cosas, quizás algún curso que se impartiera. La verdad es que no sabía por donde empezar y si esto sería posible, pero era una oportunidad.
Así que el día de visita en Dharamsala Baja acompañé a Elsa y su Amiga a visitar al médico, Un Hospital Universitario, que también podría ser un ambulatorio en reforma por el deterioro. Una cola de personas esperaban a la puerta, no sin antes subir por unas escaleras en ruinas, sin luz, humedad, y muros de paredes que se movían en un laberinto.
En la primera planta, como si una terraza fuera, sacada de un tejado estaba el despacho o la consulta, unos bancos con paños cubriendo, los asientos, y varias personas esperando, ancianos y jóvenes. Nos toco el turno de entrar. Una habitación de unos 4 metros cuadrados, una mesa a un lado, una estanterías llenas de libros, jugando a la descolocación y quizás olvido, lo que podía parecer un sofá, cubierto de telas en sus colores tibetanos y cojines y dos sillas juntas frente a frente. Y ahí estaba Él, sentado en una de ellas. Me recordaba a la placa que estaba colgada en su puerta, un cartón con su nombre escrito a rotulador en tibetano y en inglés.
Eli se sentó frente a él, rodillas con rodillas, el cogió su antebrazo y coloco sus tres dedos entre la muñeca y antebrazo. El silencio era majestuoso, su mirada perdida…o quizás no...
-Sigues aun con un poco de infección en el estómago, continúa tomando esto.
Eli ya había estado en una anterior visita y había encontrado bastante mejoría de una enfermedad que arrastraba desde hace mucho tiempo y el supo de que se trataba...
“Doctor, él es mi amigo Paco, ha venido a Dharamsala por un tiempo, ¿puede Usted tratarlo?” Le dijo Elsa.
Inclinó su cabeza y me invitó a sentarme frente a él, con su mirada. Agarró mi antebrazo derecho y colocó sus tres dedos entre mi muñeca y antebrazo. Levantó su mirada hacia mis ojos.
-Su mente y su cuerpo necesitan estar alineados. Toma esta medicación.
Elsa y Eli, observaban, no sabían que estaba pasando, no comprendían que había querido decir.
Yo podía saber lo que estaba diciéndome. Todo se movió en mi... pasaron todos mis recuerdos y mis traumas, mis deseos e inquietudes, mis llantos y mis sonrisas...El me conocía…
-Que tiempo estarás en Dharamsala?
-30 días más, llevo aquí una semana.
-Bueno, así debe ser, es una pena, porque debo marchar a Europa y estaré fuera durante tres meses, decía él.
Arrancó unas hojas de su propia libreta de recetas y anotó un nombre, teléfono y correo electrónico, “estos son mi datos. si vuelves por Dharamsala, me gustaría que volvieras, yo podría enseñarte algunas cosas y tu podrías enseñar a los alumnos de este centro tus técnicas”, dijo.

Eli sostenía a Elsa para que no perdiera el equilibrio. Extrañó porque estaba sentada en lo parecido a un sofá y yo me despedía de él, no sin antes haberme pedido mis datos. Lo quería por si acaso venía a España, me llamaría para un reencuentro.

-Paco, yo no le he dicho nada...
-Lo sé, Elsa, puedo saberlo -le contesté.
-¿¡Y cómo es posible que el supiera el por qué tú habías venido a verle!?
-¡Es el milagro que toca algunas cosas! Y a veces todas las cosas...

Se hizo el silencio entre nosotros tres.... no sin antes pasar por la farmacia del llamado hospital donde prepararon unos comprimidos de yerbas, para Eli y para mi. Y de vuelta a McLeodGanj, Residencia del Dalai Lama.
Algunas cosas cambiaron en mi desde ese día. Ya no sería un desconocido ni un turista en Dharamsala, para alguna gente... Aún recuerdo al Ángel que conocí en Dharamsala, entre muchos de ellos.
Ella subía una cuesta de las dos calles principales de Dharamsala, una muleta le soportaba el duro caminar. En un pie un tobillo vendado de cualquier manera, su paso era lento, su cuerpo casi transparente, de poca masa corporal, su pelo largo caía desenfadado o quizás poco arreglado por su espalda...la observábamos.... Elsa se apartó de nosotros y caminó hacia ella adelantándose, la conocía. Ella, bailarina de distintos bailes orientales, no podía disimular el dolor en su cuerpo al caminar...
Sonan, Sonia, Nuria, Eli y un amigo de Sonan que no recuerdo su nombre difícil de pronunciar, nos acercábamos al Ángel.
-Puedo mirarte el pie? -Le pregunté.
-No, no....te preocupes -contesto con ojos sorprendidos.
-Confía en él, él sabe -le dijo Elsa.

Nos sentamos en unos escalones que subían a la única oficina de correos en Dharamsala. Siempre estaba llena de paquetes y cartas amontonadas en su interior, y a veces se podía ver asomar por la única ventana. Le ayudo a sentarse, cogiendo la muleta. Le quité la venda mal colocada desde el principio, colocada sobre un tobillo inflamado y de infinidad de colores morados y rojos, en un llamado ambulatorio. Había tenido un accidente en uno de los saltos de baile, esa misma mañana... Ella aún me miraba y decía “no... no, déjalo”. Sólo hice lo que se hacer, coloque mis manos en su tobillo y esperé un poco.
El pie movía sus dedos, la musculatura de la tibia adquiría vida propia... lágrimas se vieron caer en las mejillas del Ángel. Nadie sabia que estaba sucediendo, pero todos estaban alrededor y yo dirá que agarrados en un abrazo…
El pie saltó en un crujido de su articulación... y todo estaba hecho. Seguía llorando, aún con más fuerza, miraba a todos mientras caía tumbada sobre los escalones, la emoción envolvió en un abrazo rodeando una sonrisa en todos.
-Levántate, ya puedes caminar -le dije.
-Me pondrás la venda?.
-No es necesario amiga mía
Intentó incorporarse pidiendo la muleta, acerqué mi mano para que pudiera apoyarse en ella.
-Tampoco es necesario, confía en Ti.
Su caminar era lento, quizás sorprendida, aún seguía llorando, no giró su cabeza, caminaba hacia delante en esa cuesta constante, que llevaba a la plaza central de Dharamsala....
Olvidó su muleta....
-¿Que hago con la muleta Paco?
-Déjala ahí, quizás alguien la necesite Sonan.
Soltó la muleta, pasó su brazo sobre mi hombro y caminamos en silencio. Sonan solo me miraba, me acompañaba muy cerca, quizás notó que lo necesitaba en ese momento. Cenaríamos en el restaurante donde yo cada día impartía clases de español a cambio de mi cena diaria.

Sus sonidos eran mágicos, tocado por el mazo que sostenía su mano como una prolongación de su cuerpo y mente. Angie, alemana de nacimiento media India de condición. Medio casada con un tibetano y medio ir y venir entre dos pueblos, creo que todo en ella estaba a medias... Su vida eran los Cuencos tibetanos, sus hijos pequeños como los llamaba ella. Impartía cursos en Dharamsala y era bastante bien admiraba en su Maestría. Elsa me la había presentado, me cobraría 4.000 rupias por una semana de clases de dos horas diarias. Quizás un poco caro para el lugar pero era una oportunidad.
Su habitación, pequeña, en un edificio de tres plantas, metido en un hueco de una montaña cerca de Dharamsala, los monos caminaban a sus anchas como propietarios de los pasillos buscando comida, ya me habían comentado que no debería mirarles a los ojos, porque estos se enojaban.
Una cama medio en ruinas, una estantería, con aún no se que cosas, algunos cuarzos y amatistas, muchos cuencos en el suelo que había que saltar para poder entrar en una habitación en la cual la humedad ocupaba todo....
-¿Quieres un poco de Té?
-Sí, por favor.
No era fácil negarle nada, su sonrisa y su luz envolvía todo el espacio.
Con las tazas en las manos comenzó el curso, hablándome de los cuencos. Lo detallaba como un parto en su nacimiento. Los cuencos cobraban vida y nos sonreían. Se notaban felices, ellos eran la atención del curso...
Aparto de siete de ellos siete sonidos, do,re,mi,fa,sol,la,si, y de formas diferentes en sus mantras, correspondiendo a los siete chakras.
Después de casi una hora de teoría me pidió tumbarme en la cama, ella me haría probar los cuencos en mí. Aún creo que no fue necesario, yo los había sentido desde el principio como un recuerdo que aún estaba en mí.
Cuando regresé a la irrealidad de la vida aún quedaban los sonidos en el aire, casi una hora había pasado...
Angie estaba más emocionada que yo. Su mirada no podía ocultar las lagrimas.
-Hasta mañana, Paco. A la misma hora por favor… -Solo pudo decir estas palabras.
Marché, quizás el silencio lo era todo en ese momento. Creo que los monos pararon al pasar, no se si también se despedían de mi o el sonido de los cuencos aún seguían también en ellos.
Estaba decidido, hablaría con Angie, yo quiero unos cuencos como esos. El mío de España también podría servirme, nunca supe su nota musical aunque creo que nunca le di esa importancia. Así que sólo debía comprar seis. Estaba equivocado…pero esta es otra historia...
Mi segundo día tuve que esperar a Angie durante casi media hora. Se retrasaba, pero bueno al menos estaba en compañía de una mona que transportaba un monito bajo su abdomen, se agarraba a la madre y me miraba. Al menos eso creía yo, no quería mirarlos, ya lo había hecho una vez subiendo el camino y tuve que esconder la mirada, bajo la cabeza dentro del pecho, increíble la mirada y los dientes de esos monos. Estarán en un pueblo de paz y místico, y ellos bien que son recibidos y alimentados, pero mejor saber que es bueno no ser amigos ni enemigo de ellos....
Angie, llegó acelerada. No se que habría querido, tampoco era mi problema. Calentó el Té y empezamos nuestra segunda clase. Trabajaríamos sobre el dolor con los cuencos tibetanos. Todo parecía fácil, todo es como debía de ser... así que sin más palabras me hizo practicar en el golpeo a los cuencos. Recordar los movimientos y secuencia en el tratamiento del sueño, yo practicaba en la cama, en un invisible paciente...o quizás si había alguien...¡no se!
-Mañana, tu me harás la terapia del sueño Paco
-Bien. Angie
Marché. Le había comentado la decisión de comprar cuencos. Un comercio en Dharamsala, dirigido por un Tibetano, importaba los cuencos del Nepal. Iríamos mañana al finalizar la clase. Todo estaba preparado, con el amor que los cuencos transmitía, Angie se había tumbado en la cama, yo no sabia que podía ocurrir, así que deje fluir, los sonidos sabrían hacer su trabajo. Casi una hora después pasé a CraneoSacral, coloqué mis manos en varios lugares del cuerpo y algunas cosas se hicieron posible en Angie. Fue triste y no pude caer en empatía con ella. Algo estaba pasando y ni siquiera quise controlar, no estaba allí como terapeuta, así que me dejé llevar como amigo y acompañarla. Creo que siempre ha sido así, creo que nunca ha sido posible ser terapeuta y no amigo...debería aprender?...
Caminábamos la montaña hacia abajo, en dirección a Dharamsala, paramos a tomar un té, se acercó un Yogui de rasgos occidentales. Se conocían. Angie le contaba las cosas que había pasado en la terapia conmigo. El yogui quiso saber cosas, y la magia continuo...quizás esta también sea otra historia...
La puerta de entrada al comercio se encontraba prácticamente tapada por los cuencos, algunos de un metro de diámetro y muchos kilos de peso. Se saludaron y Angie me presentó. Dejamos los cuencos que se exponían en la estanterías y nos llevo a una habitación donde guardaba con mimos otros cuencos. Estos no eran para turistas que gustan coleccionar souvernirs...
Alrededor de una hora para elegir cada cuenco… todo era muy importante, la sensación, el sonido y algo que mas tarde pude comprender; la resonancia juntos los demás. Sólo tres habíamos elegidos: primer, cuarto y séptimo chakra. Sería suficiente por hoy, mazos de regalos y algunas cosas más compré. Estaba feliz, como diría Angie mis hijos habían nacido en mí.
El cuarto día del curso fue extraño. Angie me esperaba como días atrás con el té preparándose. Estaba sentado en un cojín en el suelo junto a sus cuencos. Me miró en silencio durante un rato.
-Paco, yo no tengo nada que enseñarte, eres un Maestro, puedo devolverte el dinero pagado si tú quieres.
Estas palabras resonaron con dolor muy adentro, yo no quería que el curso se acabara, quería continuar aprendiendo. Necesitaba aprender, algo que quizás también me había acompañado desde siempre.
Angie, pronto pudo observar mi dolor....
-Si quieres puedo tratarte de nuevo con los cuencos…
-Está bien, Angie, si me gustaría
Angie se dedicaba a tratar gente con sus cuencos e impartía cursos con ellos. Algo se derrumbaba desde el día que yo la traté, o quizás fuera el cambio que ella necesitaba.
Quería regresar a su Alemania, pero también sabia que tenía que pasar por Sudamérica, amaba al pueblo Maya. De mi regreso a España, Angie me envió un mail desde Alemania, estaba en su casa, había quedado embarazada de su medio marido, estaba feliz con su regreso. Su medio marido quedo en Dharamsala. A veces Angie me hablaba de su medio marido, ella sabia que el quedaría allí, pero también sabia que quería un hijo de el... es por esto que siempre le llamaba su medio marido. Hoy tiene un hijo realmente muy guapo, medio tibetano medio alemán. Un Ser en medio de dos mundos.
De nuevo fui tratado con los cuencos, una terapia que fue dirigida por ella, hacia ella misma. No fui al curso el quinto día, ella me dijo que no era necesario y los dos sabíamos que no seria el último día. Aún sigue siendo mi Maestra.
Caminábamos hacia el restaurante y Elsa me comento que había estado tomando Té con Angie..
-Me ha dicho Angie que se había sentido muy triste, le había cobrado a un Maestro. Se ha quedado muy sorprendida contigo, Paco.
Regrese al comercio y elegí mis otros tres cuencos, el séptimo estaba en España, esta fue una gran equivocación, que pude solucionar en Barcelona, al final del mismo año, Sonia, Elsa y Nuria habían regresado a España, ellas vivían en Barcelona, así que decidí pasar a verlas, aprovechando un curso de terapia regresiva. Le dije a Sonia que tenia que conseguir un cuenco, el del quinto chakra. Algunos sitios ya teníamos para visitar... La casa del Tibet en España, nos había comentado algunos sitios donde podría conseguir mi cuenco, ya había decidido desistir de que me lo enviaran desde Dharamsala.
Durante mi tiempo en Dharamsala trate a varias personas, y algunos decidieron por finalizado su estancia allí regresando a sus pueblos, sus países, buscaban algo por India, Dharamsala, Nepal y se sorprendieron cuando aquello que buscaban ya se encontraba en ellos. Sonia trabaja en Barcelona como terapeuta en Ayurveda, Nuria es feliz en su trabajo y con un chico compartiendo una vida, Elsa regresó a Barcelona y a los pocos meses Sonan, dirigiendo un centro de masajes tibetanos, muchas veces me había pedido que le enseñara masaje, y algunas cosas le enseñé, después el decidió aprender técnicas del masaje tibetano... un Ser muy bonito con un gran corazón.
Sonó mi teléfono móvil, había adquirido un teléfono móvil, resultaba muy barato llamar a España y de alguna manera podía estar en contacto con alguna gente de aquí.
-Si, diga...ah... yes I am.
Hablaba la secretaria del Docto,. algo quería de mi que no sabia comprender bien o quizás no quería entender. Elsa, le había dado mi numero.
-I call you later -le dije. No comprendía nada y necesitaba centrar mis pensamientos.
-Elsa, me ha llamado la secretaria del Doctor, me ha dicho algo que no he entendido, ¿te importaría encontrarnos y llamarla tú?
Paso casi media hora cuando Elsa, desde mi teléfono, llamó a la secretaria.
-Sí, sí de acuerdo, se lo digo a Paco.
Elsa cortó la llamada.
-Paco. El Doctor le ha pedido a su secretaria (así es como llama a su enfermera), que hablara contigo por si tu podías ir a tratar a una de sus pacientes, tiene una lumbalgia desde hace tiempo y él no puede seguir tratándola, estará un tiempo fuera del país.
A veces me he sentido muy intranquilo y aún me sigue sucediendo en cada consulta nueva que viene a mí, pero esto era demasiada responsabilidad y no entendía muy bien el porqué.
Solo pude contestar sin estar seguro de nada: “Si, claro que si”. Las piernas dejaron sus musculaturas para convertirse en goma blanda, el suelo parecía que no existía y la gravedad me había abandonado. Era mediodía y podía ver las estrellas en el cielo... o quizás solo estuvieran en mí, asomándose desde los miedos.
-Paco, tengo que llamar a esta chica, es tibetana, para que me digas donde debes ir.
-De acuerdo, llámala por favor.
Vivía demasiado alejada de Dharamsala, así que lo mejor es que vinieran a recogerme. Al día siguiente decidimos…

El segundo día que trate a Elsa, su marido y mi amigo Sonan, quiso estar con nosotros, él quería aprender, después del tratamiento, decidió que lo mejor era aprender masaje. Quizás fuera mas fácil para él. Es curioso como lo natural, lo que ya está dentro de uno mismo, es más difícil de aceptar… quizás debamos creer más en nosotros mismos. El tercer día Sonan trató a Elsa con masajes y yo le guiaba. A veces un alumno deja de serlo cuanto se siente capaz. También tratamos a Eli. Esto se estaba convirtiendo en una escuela de masaje ilegal, o quizás fuera mas legal que otras. Sí es seguro que sólo la amistad y las ganas de compartir ya era importante para que todo fuera una Verdad, sin importar lo legal o no, a otros niveles económicos y estatales.

El tiempo ya no estaba parado en Dharamsala, todo caminaba demasiado deprisa. Aún así desde las 6 de la mañana hasta las 12 mis visitas al templo y mis paseos alrededor de la residencia del Dalai continuaban.
Llegaron más gente de España y Sudamérica, que de alguna manera vinieron a romper la magia en nosotros y el alrededor, quizás esto fue posible para que no dejáramos de saber que estamos aquí, en este mundo pisando tierra...pero esto también sera otra historia....

Esperaba a las puertas de un hotel de Dharamsala, donde se hospedan gente famosa, lugar preferido de Richard Ere, sus fotos están en muchos lugares, un hombre comprometido en la lucha del pueblo tibetano. Un coche de marca desconocida viejo y casi roto en todas sus partes, a veces llamamos coche a aquello que se mueve sobre cuatro ruedas. Una chica tibetana, fajada, casi sin poder bajarse, aún no se como pudo subirse y lo que era peor, como podía conducir, y esto lo supe cuando por caminos inexistentes, con curvas sin rectas, nos llevaba hacia su casa. Casi media hora de camino. Los días siguientes fueron mejores, lo podía hacer paseando tranquilo escuchando los árboles, el viento, las urracas, los monos gritando que a veces no dejaban paso, las motos que parecían moscas y los coches dentro de un claxon. Todos pitaban, todo era ruido. Aprendí con el tiempo que en India eligen el coche por el sonido de su claxon.
Una barriada de edificios bajos, en un rectángulo perfecto de edificios encerrados en si mismos. Un patio donde jugaban niños, entre escombros y abandono del pavimento. El primer piso, como siempre a medio oscuras, el piso pequeño de dos habitaciones, la principal era compartida en cocina, salón, dormitorio y la otra habitación el dormitorio,, tangas, capillas, y oraciones escritas, la foto de Dalai ocupando media habitación, y muchas ofrendas. Una cama, si es posible llamarla así, pero es seguro que permitiría el descanso de las almas en paz.
La chica se tumbó, le pedí que se desnudara la parte de arriba para poder tratar su espalda. Su piel maltratada por el clima o quien sabe el porqué....
La movilicé como se hacer, trate su espalda con masajes (compré algunos aceites) y la traté con craneosacral. El diálogo en el silencio hizo posible el entendimiento mejor que mi ingles hablado.
Me despedí de su madre, una señora atenta que inclinaba su cabeza y medio cuerpo con sus manos juntas en rezo, a cada movimiento mío y en cada palabra. Al recibirme me ofrecieron un zumo que yo acepté y unas galletas elaborada por ella. Cometí el error de comérmelas todas y beberme el zumo entero, es norma y recuerdo mi estancia en Japón que cuando tu comes rápido y todo te sirvan más. Aún así era de agradecer, las galletas estaban riquísimas y además eran elaboradas por ella. El zumo aun no recuerdo de que era...pero estaba fresco...
Tenía una hija muy pequeña de unos 7 años que jugaba a esconderse para que yo le dijera cosas, la señora le pedía que me dejara, y yo le seguía haciendo muecas… siempre me ha gustado provocar a los niños en sus travesuras, es bonito verlos como se divierten a lo nunca jamás. Yo sigo siendo un niño travieso con quien me divierto y me hace feliz.
Me despedí de ellas, quedaríamos para un aproxima cita dentro de dos días, le dejé la pauta que debería seguir, quiso pagarme y le contesté: al final, cuando su hija esté bien hablaremos del pago.
En mi segunda visita todo estaba preparado, esperándome un desayuno, unas tortas recién hechas, una leche caliente y zumo. Esta vez comería despacio, aun así era inevitable que pusieran más cosas, y no bastando al irme tenían preparado un envase lleno de esas galletas que tanto me gustaron el primer día según comentaba la señora, estaba dispuesto a recuperar mi peso perdido.
-Estoy algo mejor, puedo moverme mejor y he ido de compras....Gracias
Esto era algo gratificante, mis nervios y mi preocupación por ser capaz de poder ayudarle y el compromiso de la fe del Doctor en mí, empezar a ser posible.
Era extraño la escucha en la terapia, algunas cosas no entendía, o quizás mi barrera en la cultura tibetana me mantenía alejado.
Marche entre reverencias, inclinaciones y agradecimientos y con mis galletas, ya hablaremos del pago, le respondí una vez mas ante su insistencia, no sin antes ofrecerme un zumo para el camino. Seguía sin reconocer su sabor, pero estaba fresco.

Macleod Ganj en sus fines de semana, era el lugar más ruidoso jamás escuchado, la nueva clase media India, llenaba cada espacio del silencio con sus cláxones, coches, motos y gente vestida de multicolores. Era simpático observar a jóvenes hindúes con sus vaqueros, gafas rayban y sus pelos engominados, estilo americano. La imagen del hindú, creada en mi sueños no correspondí a la realidad de los fines de semanas.
Necesitaba desconectar de aquel enjambre de ruidos y gente, y un cartel pegado abrió esa posibilidad. Trekking a la montaña… pues si... ¡pero por favor en grupo no! Mejor sólo, eso creía yo.
Una buena oportunidad. Le comenté a Nuria lo que estaba pensando hacer y claro por hablar en voz alta, la compañía no se hizo esperar. 4.200 metros de altitud, deberíamos subir unos 2.000 metros..nada... demasiado poco ,eso esta hecho..dos kilómetros aunque sea de subida y por un sendero ya conocido, es fácil en un par de horas estaremos arriba.
8 de la mañana, iniciamos el camino desde Dharamsala, compramos botellas de agua, galletas y zumos, poco cargado, mi vestimenta de siempre, y mis gafas de sol, no necesitaría más. 40 grados de calor y una humedad del 80%, bueno, me llevaré dos litros de agua por si acaso. Nuria llevaba su mochila, o quizás sea mejor decir, la mochila llevaba a Nuria..
Paramos en puesto que servia té con leche, y preguntamos por el camino. El mapa estaba equivocado o mal señalizado, habían construido una caseta de luz, que tapaba el camino.
Avanzamos una media hora, un grupo de gente estaba haciendo fotos...
-Hola Paco, Hola Nuria... vais a subir??
-Sí...
-¡¡Qué bien, podemos subir juntos!!
Un Grupo estaba hecho, les pregunté si llevaban claxon, bocina, pero no… no la necesitaban, tampoco ruidos... Dos amigos que ya había tratado en Dharamsala y dos chicas que le acompañaban.
Lo interesante del camino es que sólo podríamos andar en fila de a uno y veces ni siquiera cabíamos en el camino. Caminábamos a solas, cada uno en sus cosas, quien quedaba detrás, ahí quedaba, eso sí, si Nuria quedaba detrás, yo esperaba, la mochila iría siempre con ella. Un amigo de color negro se acercó, el bajaba, no habría problemas, los dos cabíamos en el camino, me aparté, él no quiso apartarse y yo tuve que claudicar, no quería enfrentarme a el, sus ojos, me miraba y su lengua mostraba la sed. Agarré la botella de agua y le ofrecí un poco en mi mano, lengüetazos va y viene y un poco de mis galletas, aún no recuerdo como se llama, tampoco se lo pregunté. Pude entender que le pasaba, pero no creo que pudiera comprender sus ladridos... así que este amigo mío nunca se separo de mi durante los tres días que duro la aventura. Decidió subir conmigo a la montaña, se quedó alejado y regreso conmigo, desapareciendo en Dharamsala, nunca mas volví a verlo.
Habían dos tiendas donde alquilaban sacos de dormir y algunas ropas de abrigo, también preparaban comida rápida, y otra dirigida por una pareja extraña. Él llevaba el pelo al estilo jamaicano “rastas”, creo que sí, bueno tampoco creo que la higiene fuera una gran aliada, al menos el pelo no necesitaba de grandes cuidados. Occidental de quien sabe donde, fumando siempre, uno detrás de otro. La sonrisa no faltaba, aunque si todo tipo de yerba, ya no crecía alrededor..todo estaba fumado. Ella, un día decidió subir la montaña, y se le olvido que también se puede bajar, así que se quedo con el, en la tienda, ella decía que se quedaría hasta que todo el prado fuera fumado...
4.200 metros de altitud, en pico de una montaña, picos mas altos y mas bajos, nieve a escaso metros, la tarde caía, y el frío era insoportable, así que el negocio de los sacos de dormir, estaba bien pensado. Habría que quedarse a dormir y el único lugar era al exterior, donde cabras, monos blancos, urracas y águilas serían nuestros compañeros...La noche caía, y quedamos reunidos en esta tienda, donde nos prepararon unas sopas calientes de quien sabe que, pero calentaba y su sabor único, entre yerbas, un tambor y cantos a todo movimiento de la naturaleza, todos a coro. La magia del lugar se quedaba en un circulo tocando nuestros hombros, poco a poco nos juntábamos, escapando del frío, o quizás sintiendo ese enorme abrazo, que envolvía el momento. Tapados con mantas, alrededor de un fuego, a veces mirábamos a un cielo que estando más cerca, nos regalaba estrellas fugaces, una, dos, tres, y más, y más, un espectáculo de luz en el cielo, donde las estrellas jugaban en movimientos como olas del mar. Nos tumbamos, cansados de la subida a la montaña, entre el calor de los demás y alrededor del fuego que se consumía, dando paso a la luz de las estrellas y las fugaces. No pude dormir, demasiada belleza a mi alrededor, las cabras ya no estaban, y algunas urracas, con su cabeza entre las alas dormían.
No recuerdo una noche tan corta, dando lugar a la salida del Sol. Quizás estaba demasiado cerca de tanta luz. Abrí mis ojos que nunca se cerraron, observando el vuelo de un Águila, en círculos, sobre nosotros.
Pude saber que nos estaba dando los buenos días, me levante y le seguí. Su vuelo se aceleraba, planeaba, yo le agradecía el momento de felicidad que me aportaba, subía a lo mas alto, y se dejaba caer en picado, hacia el valle, estaba debajo, ahora podía verla desde arriba, sus alas, su cabeza, su danza en un solo movimiento con un TODO. Cerré mis ojos y le pedí poder subirme a su espalda, sus ojos se abrieron, no se sorprendió, y bajando su ritmo, permitió el poder subirme sobre ella.
Podía ver las montañas a mi alrededor, los valles, las aguas caían del deshielo, ladera abajo, ni siquiera recuerdo frío, sus alas me protegían, ya ni siquiera me agarraba a ella. Yo era ella, y de pronto ella no estaba, mire hacia atrás y recuerdo ver un ala grande, mire al otro lado y vi otro ala, mire hacia abajo y solo las montañas estaban, mire hacia arriba estaba el cielo, con un Sol que me guiaba. A éste, me decía, ve al éste, y allá me dirigía. Yo era mi águila, el espacio se fue reduciendo, el mundo era pequeño, todo era UNO. Veía algo al horizonte, era un templo grande, me acercaba y pude reconocerlo, El Potala, estaba en Tíbet, sus alrededores, de comercios, automóviles, plazas enceradas, gente con cámaras, gritos, risas, fuentes de colores, y hasta creo que pude ver un McDonald, Todo estaba acabado, ya nada era igual, nunca más será el Tíbet, solo pude marchar de allí, algunas lagrimas caían, mojando mi pecho emplumado, pero comprendí que así debía de ser. Decidí volar mas rápido, ví tiendas de campañas al estilo del pueblo Indio, un chaman pedía algo que no pude entender, pero estaba en una posición privilegiada, el chaman me observaba y yo observaba como un águila se acercaba a la tierra, librando una batalla con una serpiente, sin perdedores, ni ganadores. Como un gran estandarte, como un símbolo.
Y de ahí nació una belleza de mujer India. Quede a ver como me sonría, y algo escuché pronunciar en sus palabras, “Gracias”. Su cuerpo era bello moviéndose al ritmo de una serpiente, revestida su cabeza de plumas, por un momento creí ver sus brazos en alas. Sólo me quedaba marchar, regresar, todo estaba acabado. Abrí mis ojos, y de nuevo el águila dibujando círculos en el aire se despedía, su cabeza giró hacia abajo, mirándome fijo, su mirada profunda me recordaba.
Aún debía de pasar bastante tiempo hasta que despertaran todos. Durante ese tiempo una familia numerosa de monos blancos buscaban comida, corrían, saltaban, asustados, escurridizos. Por un momento pude observar la naturaleza y los animales que allí vivían, fue en ese momento de despertar al hombre, cuando pude comprender que el tiempo anterior, sólo era parte de ese mundo, como un todo, “La gota de agua no puede verse en el océano”.
Sonó mi teléfono...
-Por favor, no venga Ud esta tarde, tengo que trabajar, ¿Puede Ud venir mañana por la mañana?
-Claro… sí podré. Hasta mañana.

Después de tres meses sin poder salir de casa, había comenzado a trabajar, su felicidad desbordada se dejo notar en la conversación. Aún así comentaba que algún dolor le quedaba pero nada le impedía moverse.
El cambio había sido notable, las tres mujeres de la Casa sonrían, mientras yo sólo podía comer el desayuno que habían preparado, para bastante gente, de eso estaba convencido, pero no, era sólo para mí. Aún no se si reían viendo como me lo comía todo. Y yo pensaba como sería capaz después de moverme, tratando con masajes , me quedaba el consuelo de saber que en la Terapia CraneoSacral nada debía hacer, solo escuchar...
Algunas cosas se movieron en el tratamiento, pero quedará sólo para ella, y no será reflejado aquí, ni siquiera en mí. Ya no quedo tendida, se levantó y me despidió a la puerta. Es de suponer que yo no debía de tener buena cara o mi delgadez se hacia notar por algún motivo, así que mis manos una vez más sólo servirían para llevar las galletas y el zumo, que al fin podría reconocer su sabor Una vez más estaba fresco y su sabor sólo era comparable al zumo que me dió la vez anterior su Madre.
La próxima cita sería la semana siguiente y al mediodía, su madre había insistido en que me quedara a almorzar y así marche no sin antes tener que decirle que el próximo día les diría cuanto me debían, estaban demasiado preocupadas por querer pagarme.
Los monos en el camino de vuelta se apartaron, quizás ya me conocían, o quizás sabían que nada de comida me quedaba, aunque a veces creo que me habían aceptado, habían escuchado que alguien de la aldea había mejorado en su dolor.

Todo estaba preparado, los cuencos tibetanos, la luz de las velas, el aroma de sándalo y los movimientos del silencio en mi quietud.
Elsa le acompañaba, ella no sabía donde vivía yo. Su sonrisa se dibujaba en su rostro, sus ojos alumbraron la habitación haciendo que las velas ya no fueran necesarias. Su pelo largo y ondulado y su caminar flotaba en nubes, nada decía y todo se le escuchaba, se acercó me dió un abrazo rodeando una sonrisa, y noté como un luz me atravesaba. Aún sigo estando seguro que conocí a un Ángel. Su tobillo ya estaba bien, seguía bailando, pero algunas cosas se habían movido en aquel encuentro y quería continuar. Aún no se porque me llamaba su Ángel, ella si lo era, aunque supongo que todo Amor, solo puede ver Amor en lo demás.
Su cuerpo no tocaba la cama, ni siquiera arrugaba las sabanas que le cubrían, lagrimas asomaron, cuando coloqué mis manos sobre su cuerpo, no se cuanto tiempo pasó, y una vez mas algunas cosas quedarán en ella y esta vez, si quedan en mí.
La escuché llorar, marchaba de Dharamsala, su aprendizaje había terminado. Llamaba a mi teléfono, al de Elsa, quería despedirse, y no fui capaz de ir al encuentro, sólo quería recordarla como un Ángel que aún sigue estando entre nosotros. ¡Ojala! Un día volvamos a encontrarnos, y pueda ver la sonrisa que ahora puedo llevar conmigo. O quizás ya puede verlo desde las Estrellas.
Tampoco fui el último día a la invitación del almuerzo, Elsa había llamado disculpándose por mí y diciéndole que nada me debían y si quería que supieran mi agradecimiento por las galletas, el zumo de sabor desconocido y la confianza en mí.
Todo estaba cambiando, ya nada seria igual.


El calor era insoportable, el polvo, el gentío, obras en la calzada, autobuses, motos... El conductor había decidido parar ahí, estaba todo el centro en obras y él no estaba dispuesto a pasar ni perder más tiempo. Cargado con dos mochilas, una bastante grande a la espalda y otra mediana al pecho para que sirviera de contrapeso y pudiera mantener mis brazos libres, botella de agua en mano.
Había llegado a la ciudad santa de Amritsar, deseaba conocer el Templo Dorado. Unos quinientos metros quedaban para llegar al Templo. Estaba convencido que nunca llegaría. Las sandalias quedaban adheridas a cada paso por el alquitrán caliente, y gracias a las obras, suciedad y polvo mis sandalias renovaban en un constantes sus suelas. Los dedos de los pies no se distinguían del color negro y sucio de la calzada.
Una muralla alta rodeaba el templo. Habría que pasar por habitaciones con taquillas donde se dejaba el calzado, un cartel con un “prohibido calzados” anunciaba la obligación de descalzarse para la visita al recinto. Aún quedaba una larga caminata hasta la entrada al gran estanque que rodeaba el Templo. Puesto de ventas, mendigos pidiendo, gente que ofrecían hoteles, el caos que empezaba a conocer y aceptar. Había escuchado que podría quedarme en habitaciones preparadas para el turismo y la información era exacta, sólo tenia que firmar la entrada con mi nombre, apellidos y procedencia. Habitaciones con camas de madera y una manta que mejor no tocar, una ducha donde la lista de espera rodeaba el mundo y un wc donde mejor no pasar. La habitación compartida con 4 camas y taquillas donde se podían quedar las mochilas. Estaba seguro de la imposibilidad de robo, el Sijs que vigilaba las habitaciones no daba lugar a dudas posibles.
Una ducha salteando algunas cosas difícilmente de poder nombrar y la descarga del peso aliviaba mi cuerpo, mis pies se habían liberado de tanta suciedad y mi mente empezaba a pensar en un descanso. Una entrada grande daba paso al recinto del Templo Dorado, dos Sijs me prohibieron el paso. Debía cubrir mi cabeza. Ellos mismos me ofrecieron un pañuelo que más tarde lo cambie por un turbante blanco. Me ayudaron a colocármelo y todos sonreían felices, supongo que un extranjero con un turbante aceptando sus costumbres les llenaban de felicidad, y en realidad yo me sentía guapo.

Chorros de agua te obligaban a lavar los pies, el lugar es sagrado. Mujeres limpiaban y preparaban verduras, gente que salían y entraban de lo que parecía un gran comedor, ollas verdaderamente gigantes cocinaban algo. Más gente en un ir y venir con platos para fregarlos, todos eran colaboradores que se ofrecían.
Decidí pasar, un comedor gigante, inacabable, mucha gente sentadas en filas unas frente de otras dejando siempre un pasillo entre dos filas. Me senté en un trozo de alfombra y esperé. Mucha gente me sonreía, todos estaban atento a mí. Llegaron colaboradores, unos nos daban platos y cubiertos vacíos y otros pan hindú, otros servían comida caliente, puré de lentejas, increíblemente exquisitas. Tardé menos en comer que el colaborador en servir. Esto fue suficiente para que me llenaran de nuevo el plato. La gente comía, los niños reían. Según terminábamos de comer habría que levantarse para dejar sitios libres a otra gente, no sin antes tener que dejarme fotografiar por algunas familias. Ellos se divertían fotografiándose con un extranjero con su pañuelo en cabeza y ropa anaranjadas, supongo que nunca sería posible vestir así en mi ciudad. A veces nos sentimos más libres cuando viajamos sin miradas que puedan conocernos. Es magnifica la sonrisa del pueblo Hindú.

Un nuevo muro en el interior rodeaba, un gran portal con guerreros Sijs custodian la puerta. Habría que entrar no sin antes meter los pies en un estanque, el agua purifica y si no es así, al menos a mi en ese momento me refrescaba y ya esto es de agradecer. Los Dioses estarían contentos viéndome sonreír y descansado.
Un estanque de agua con un color desconocido y al fondo, en medio del lago unido por un puente, una isla pequeña levantaba o quizás elevaba flotando sobre las aguas el Templo Dorado. Todo mármol blanco deslumbraba, el color del oro.
Algunos se purificaban en las aguas sumergiendo su cuerpo semidesnudo. Me acerqué e incliné mi cuerpo en reverencia ante tanta belleza. Bajo las aguas algunos peces se dejaron ver. La gente caminaba alrededor del lago siempre en dirección a las agujas del reloj, mujeres, niños, hombres... todos en oraciones. Guerreros Sijs, con sus espadas curvas y lanzas, transportaban a tiempos pasados o quizás el tiempo aun transcurría en el presente.
Puertas, habitaciones y más puertas. Alguna gente sentada delante la puerta parecía estar escuchando. Acercándome a ellos observé que dentro de la habitación, un religioso sentado frente a unas escrituras leía algo que los demás escuchaban. Así en interminables habitaciones, religiosos para un grupo reducido o sólo una persona. Quizás les anunciaba aquello que querían saber, quizás les respondía con las santas escrituras en mano a las preguntas de los fieles.
Religiosos vestido de blancos con grande y largas barbas blancas y con una sonrisa perfecta. Sus ojos miraban de manera abierta y sus palabras resonaban como un eco en el corazón, no entendí las palabras sentado a un lado de ellos, pero su mensaje llegó a mi corazón.

Más gente se acercaba a mí y me pedían poder fotografiarse conmigo. Ya me estaba gustando, me sentía como un divo del cine, yo les sonría, no podía dejar de sonreír. Sus miradas inquietas, sus manos tocándome por todos lados, la paz del lugar. Algunos hablando me observaban cuando al final se acerco uno del grupo y me preguntó porque llevaba esas ropas anaranjadas. Ciertamente desentonaba con las vestimenta blanca de los hombres, yo afeitado y todos los hombres con barba. Aun así me hacían sentir feliz. Me preguntó desde donde venia y claro yo les decía de España, pero supongo que mi respuesta tampoco les sacaba de las dudas.
El día transcurría cuando me decidí pasar al puente que llevaba al Templo Dorado. Alguna gente sólo estaba de visita, otra quedaba dentro a escuchar oraciones. Todo perfectamente custodiado por guerreros Sijs. Algo que parecía un libro se dejaba ver en una urna de cristal. Quedé sentado escuchando los rezos y oraciones, me sentía uno más entre ellos, también para mí hubo una época que las espadas compartían mi vida… pero quizás esta sea otra historia.
La noche caía, alguna gente se dirigía a un recinto donde la multitud se agrupaba. Un local grande donde comenzaba una ceremonia de traslados de espadas sagradas mientras un guerrero Sijs contaba las aventuras e historias de cada una de ellas. Todo era mágico, sentía que había estado allí en ese lugar varias veces antes.
Al salir de ese lugar habían colocado vallas que separaba y alineaban el paso del puente que conducía al Templo. Las luces, los colores, la gente… todo era diferente.
Todo eran hombres en filas de dos, decidí curiosear adentrándome en el pasillo del puente. Algunos empujones hicieron que avanzara y los aprietos de la fila marcaban la imposibilidad de dar marcha atrás. Nada podía hacer, sólo quedar en esa fila que cada vez se hacia más larga, y yo, un extranjero en medio de ese grupo con mis ropas anaranjadas entre tanta blancura. Guerreros Sijs pasaban alineando las filas y colocando orden. No sabia que estaba haciendo ahí, pero fuera lo que fuera, nada podía hacer, solo esperar. El reloj marcaba las doce, después de casi una hora sin poder moverme por los empujones y aprietos y cuando todas la luces se apagaron, al fondo aparecía gente que cargaba en un paso de madera una urna de cristal con luces alrededor. Esto me recordaba a la ceremonia de la semana santa de mi país, los pasos, las voces, las oraciones, las gente amontonándose. Guerreros Sijs custodiaban la urna de cristal y señalaban alguna gente de la fila para que ayudaran a cargar la urna, en total 4 personas cargaban. Que podría hacer yo allí, quien me mandaría a mi estar ahí. Las caras de algunos cuando me miraban no era precisamente de sonrisa ni felicidad. Quizás no debería haber estado ahí, pero nada podía hacer, sólo esperar que la ceremonia concluyera pronto.
La urna de cristal se hacia visible, ahora podía ver lo que portaba dentro. El venerado libro sagrado, el Gurú Granth Sahib. ¡OH! Dios mío... no debería haber estado ahí, son sus cosas y yo solo era un entrometido.
El guerrero Sijs quedó a mi altura, la urna que portaba el libro sagrado a unos pasos atrás. Algunos habían transportado el libro, otros se inclinaban. Incliné mi cabeza ante la mirada del guerrero Sijs, sólo pretendía pedir disculpa. Sentí como me agarraba del brazo, las piernas me temblaban y el sudor se hizo frió, la India se había convertido en el polo norte.
-Por favor, yo no sabía que no podía estar aquí.
No recuerdo en que idioma se lo dije pero su agarre fue más fuerte, empujándome en dirección a la urna y haciendo gestos de que cargara junto a otros tres. Me colocó en el lado derecho, así que el palo caía sobre mi hombro izquierdo. Mi corazón soporto el peso. No recuerdo el camino, ni siquiera la carga, todo quedo borrado en mi mente, parecía flotar, ya no caminaba. Al final del puente, guerreros Sijs de hicieron cargo de la urna y yo fui retirado. En ese instante tome consciencia de donde estaba, rodeado de cientos de personas, que me miraban, aplaudiendo con una sonrisa mi gesto. Me abrían paso, me ofrecían agua y un grupo de hombres y mujeres me rodearon separándome de la multitud. Me pidieron que les acompañara a su casa para ofrecerme Té. No sabia que estaba ocurriendo, pero marché con ellos. Fuera del templo se acercaron algunos policías con sus varas pidiendo que me dejaran. Uno de ellos, el anciano con su barba blanca, algo le dijo que se quedaron más conformes y me saludaron. Intente decirles que no podía ir a su casa. Estaba cansado, ellos me miraron aprobando mi decisión y en un bar con mesas fuera se sentaron no sin antes dejarme a mí en el centro con miles de preguntas, antes de que el té fuera servido.
Abrazos y besos de despedida, más fotografías y saludos con bendiciones antes de marchar de nuevo al recinto, a mi habitación con mi cama de madera que me supo a algodón. En un sueño profundo me dejé llevar.
Quise pasear una vez más alrededor del gran estanque. Ya desde muy temprano miles de peregrinos giraban alrededor del templo y cientos de ellos hacían colas para la comida. Se repetía como cada día el mismo ceremonial. Una ducha, me supo bastante bien al cuerpo después de un sueño profundo del que había despertado entre dolores musculares y picaduras que mejor no saber qué se había dado un festín con mi sangre. Firmé en el libro de registro y algunas rupias en agradecimiento. Niños, ancianos, hombres y mujeres aun dormían sobre cartones, mantas y sobre el suelo de mármol. Seguramente ellos habrían tenido menos calor en la noche y los insectos se habrían repartido mejor entre tanta gente. A punto de iniciar mi regreso a Delhi y de nuevo gente que se acercaba para fotografiarse, preguntar cosas y más Té. Me dejé colocar el turbante al estilo Sijs, metros y metros de tela blanca ligeramente y en una ceremonia adornaban mi cabeza, apretando tanto que los pensamientos tuvieron que salir. Sólo quedaba espacio para el vacío en mi mente.
Pactaba el precio con el rickshaw. Lo habíamos medio acordado y uno se prestó a llevarme por menos dinero, bastante menos dinero. Yo accedí y quizás no debería haberlo hecho. Gritos, insultos, golpes y empujones le llovían desde todos los lados, yo sólo podía estar como espectador. Después me dijeron que esa no era su parada, así que creo que le salió algo caro estar ahí. Con el tiempo pude comprobar que esta era una actividad normal y habitual con los rickshaw en India, el “golpearles” con varas y palos, patadas y empujones.
A mi llegada a la estación de tren en Amritsar todo fue rápido. La ventanilla vacía de gente y el tren que me llevaría a Delhi a punto de entrar.
- Por favor, un viaje de ida a Delhi.
- No, no, debes ir oficina turismo...
Después de un tiempo por fin encontré el despacho del revisor. No hay prisas me dije, aquí en India todo lleva su ritmo cuando se trata de ser atendido, no es lo mismo cuando ellos quieren algo. Creo que es una manera de equilibrar ambos tiempos. El tiempo pasaba y después de casi 2 horas de espera fui atendido por el revisor.
- Debe ir oficina de turismo para el billete de tren.
- ¿Pero dónde está la oficina?
- Centro ciudad, oficina turismo cerca Templo Dorado.
Sus palabras eran entrecortadas, o quizás mis oídos sólo escuchaban a medias. Siempre podía viajar en taxi a Delhi, me aconsejó el revisor, fuera de la estación muchos taxistas podían llevarme.
Así era efectivamente, muchos taxistas ya sabían de mí y sólo estaban esperando a mi desesperación.
Frente a la estación coches de alquileres con chóferes. Otra oportunidad se presentaba después de casi 4 horas de espera, discusiones con el revisor, el de la ventanilla y el taxista. Decidí preguntar en los alquileres. Un todoterreno viajaba con más gente a Delhi y podíamos compartir gastos. Así fue mi recorrido de más de 8 horas a Delhi. Me dejaron en el barrio cerca de la estación principal de trenes en Delhi. Suerte que aún llevaba mi turbante y podía pasar desapercibido. Alguien que llevaba también un turbante se quedó mirando y se acerco a mí.
-Eres hermano- me dijo señalando el turbante- ¿Necesitas algo?¿estás bien?
-Acabo de llegar y busco un lugar donde hospedarme.
-Te llevaré a un hostal. Nosotros debemos ayudarnos, somos hermanos.
Me acompañó a un hostal. Algo dijo en hindú a quien estaba detrás del mostrador medio dormido.
-Aquí estarás bien y serás bien tratado. Adiós hermano.- fueron sus últimas palabras.
El turbante, aparte de sentirme favorecido, estaba siendo de utilidad. No entraba en mis pensamientos engañar a nadie llevando el turbante, me lo habían colocado en Amritsar y de alguna manera así debía de ser.
Media noche y aunque en India siempre hay movimiento de gente a cualquier hora del día y de la noche no era prudente caminar sólo por estos lugares, donde hasta la sombra se mueve por si sola... pero esta quizás sea otra historia.

Desde hace mucho tiempo sentía la necesidad de viajar por India, al igual que por España. Me gusta conocer los pueblos, aldeas, lugares perdidos y su gente. Así que decidí que los últimos diez días en este viaje lo haría recorriendo India, sin prisas, sin lugares ya establecidos. Así nació la idea de ir Amritsar, por una información un día antes de marchar de Dharamsala. Una marcha que se vio precipitada por algunos acontecimientos días anteriores y aunque está en el olvido y asimilado, no así las palabras de esta mujer.


McLeod Ganj
Avenida Mandoli RD. Delhi
Comunidad Tibetana en Delhi

Niños trabajando
Parada Bus Delhi
amanecer Himalaya
Aguila en el Himalaya
Bus a Dharamsala
Parada Principal Estación de Bus
                                                  Plaza de parada Bus en McLeod Ganj

2 comentarios:

  1. Gracias por prestarnos tus ojos y tu Alma, Paco. Tú viaje es el viaje de mis sueños. Namasté.

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