Viaje a India
Paco De La Corte
Viaje al Interior........ 40 días en India.
Llegué
a una plaza pequeña en donde el caos del tráfico y gentío se asoma
en un constante fluir y ruidoso estruendo. Es McLeod
Ganj, situado a
una altura de 1800m. Se le considera Dharamsala alta.
Hice el viaje en bus,
que solo su nombre lo es, por unas carreteras inexistentes y trece
horas y veinte minutos duró su movimiento. Mi virtual asiento junto
a una ventanilla que no cierra hace que me cambie al pasillo, en el
que su diminutivo hace honor a la palabra escrita. Una tibetana de
unos treinta años con un bebé en brazos me pide el cambio de
asiento alegando que suele vomitar cuando viajan en bus. Al menos
solo fue un engaño para cambiar el asiento...
A
media noche, el bebé apoya su cabeza en mi pierna y su madre la suya
sobre mi hombro, ni siquiera los movimientos bruscos les hacen
cambiar ni despertar… Solo busco la mejor postura en mí para
favorecer el descanso de ellos.
Bajé
del bus, al que había subido el día anterior, en terreno donde las
moscas y las avispas peleaban por los restos de comida y las vacas
“en su condición de sagrada” tenían el derecho de rozar
buscando comida y a veces rastreando en las mochilas. El calor era
insoportable, recuerdo que anunciaban 45 grados con una humedad del
70 por ciento, el agua se agotaba en cada trago.
La salida debía de
ser a las 18:30 pero una equivocación de un billete vendido de más,
logró retrasar su horario en media hora, no sin antes gritos,
insultos, agresividad y al final la devolución del dinero. Se quedó
en Delhi, cerca de la Comunidad tibetana, de donde al menos yo había
logrado escapar después de una noche y un día esperando entre
mujeres con bebés en brazos dormidos.
Cuenta aquí que son
drogados y no piden dinero, solo la leche para poder amamantarlos,
pero cuando giras media vuelta, ella devuelve la leche que has
comprado segundos antes en la tienda y se lleva el dinero o parte de,
porque ya están de acuerdo mujer y tendedero. Mendigos y mutilados
que arrastraban sus nalgas por falta de una pierna, algunos sin
ellas, otros con deformación incomprendida para la razón humana,
por un suelo desaparecido, entre escupitajos, mocos sonados al aire,
orines, moscas y aguas sucias y fecales que corren hacia abajo de los
albergues llamados hoteles, y de los niños que lavan las ropas de
cama y toalla de los mismos, en el suelo, no alcanza los 7 algunos de
ellos.
Al
menos las tiendas colocadas a cada lado te permite unos segundos no
respirar el olor que pasa a través del pañuelo, el cual se graba en
un lugar de la mente…
Creía que todo
estaba concluido y todo caminaba en la dirección más saludable
cuando un tornado quiso saludarnos en medio del camino de tierras. Yo
confiaba más en la pericia del conductor que en el karma. Con los
vehículos parados el conductor hábil continuaba. Las arenas y
restos de ramas paseaban en el interior del bus, las ventanas no
lograban cerrar, ojos medio cerrados, boca tapada y respiración
aguantada. Nada se veía al frente, todo eran remolinos. Pasaron unos
15 o 20 minutos, donde la claridad de la tarde oscureció todas las
sensaciones. A veces el karma nos deja esto para que podamos
asimilarlo, aunque sigo pensando que la pericia y la osadía del
conductor nos saco de ahí. Ahora solo me quedaba esperar a quien
debe recogerme en la parada para llevarme al albergue.
Confío
que la habitación sea igual o parecida a Delhi, Wongdhen
House en la New Tibetan Colony, donde el calor era insoportable,
un ventilador en el techo imposible de bajar su velocidad y donde su
ruido no dejaba dormir, un baño...sí un baño, o al menos esa era
su utilidad. Había unas zapatillas de goma para poder utilizar, no
eran nuevas ni limpias, aun así siempre sería mejor que pisar el
suelo desaparecido, el lavabo servía para ser lavado y el water era
mejor usarlo desde lejos, intentando tener buena puntería. Pero qué
importaba, solo será algo más sobre el suelo. Al menos me lleve un
saco sabana donde pude reposar y no ser atacado por los mosquitos y
demás bichos voladores hablando en indio y comiendo hambrientos.
Me dijo Nuria que
debía bajarme en la segunda parada y no en la primera de Dharamsala.
Yo estaba atento, en la primera se bajó solo mi compañera de viaje
y su bebé en brazos. Una verdadera odisea el pasar por el estrecho
pasillo del bus con las bolsas, mochila... Observé que solo bajaba
ella, así que esa no debía de ser la primera parada, más bien
sería un favor, cuya palabra desconocen por aquí. Así que en
segunda, la primera de Dharamsala para mí, se bajaron menos de la
mitad de los pasajeros. Era evidente que esa no era mi parada. Me
dispuse, calcé mis pies descalzos y en cierto modo sentí alivio. El
contacto con las barras debajo del sillón me tenían marcado los
pies alrededor de los insectos que habían disfrutado con ellos.
Pasamos el pueblo de Dharamsala por una sola avenida principal,
cubierta por tiendas y coches que pitaban, motos de los modelos de la
segunda guerra mundial con marcas que no lograba recordar, o quizás
inexistentes en el occidente. Todo era cuesta arriba, los caminos se
inclinaban en una pendiente como queriendo tocar el cielo, las
curvas, verdaderas esquinas, donde los precipicios caían libre al
vacío. De vez en cuando parada en seco, otras veces saltos y
brincos, era una feria de atracciones sin coste añadido. Por fin, y
después del paso por un puesto militar, llegamos a la que sería mi
segunda parada, McLeod Ganj.
¡Oh
no! Me había equivocado. Al final la primera parada de mi compañera
de viaje no fue un favor y la segunda en Dharamsala era la mía.
-Oiga,
por favor, yo voy a Dharamsala!, ¡Oiga!, ¿puede llevarme el bus a
Dharamsala?
Solo
podía escuchar y creer entender sonidos que me eran familiar,
mantras, o al menos sonidos guturales. De vuelta a Dharamsala, eran
las 7:30, estaba convencido porque así quedamos... Nuria llegaría
un poco más tarde a recogerme. Cuando le escribí el email para
decirle cuando llegaba quedamos en vernos y me ayudaría en lo que
pudiese. Ella tenía cierta experiencia, había marchado a principios
de mayo por voluntad a visitar Dharamsala y recorrer en el último
mes la India. Eso creía ella, que lo hacia por voluntad. Después de
conocernos, me contó cosas que hacían comprender con la habilidad
que había sido manejada, manipulada por Kamala el monje de un
Monasterio Tibetano de Alemania, pero esta es otra triste historia.
Mi reloj marcaba las
9:00 horas local, cambié adelantando tres horas y media, preocupado
y sin saber qué hacer pregunte con mi ingles muy personal, que en
ocasiones utilizaba mi propio diccionario para entenderme, por un
teléfono, pero de nuevo los sonidos céntricos o guturales
aparecieron. En un haz de luz use mi móvil, la llamada era a España
y de vuelta a India, sería caro, pero era mi única oportunidad.
-¿Nuria?,
sí estoy aquí, en la estación de autobús en Dharamsala,
-Ok,
te espero.
El
reloj marcaba las 9:30, era extraño, Nuria me había asegurado que
estaba en camino, muy extraño, y rodeado de gentes, y autobuses que
no paraban de entrar y salir en una estación al aire. El sms podía
ser más barato,
-"estoy
aquí cerca del cartel de horario, llevo camiseta verde y mochila
azul",
No
era mi intención dar prisas, ni molestar, al menos ella me
reconocería, de nuevo el reloj marcaba pero esta vez eran las 10:00
horas, la paciencia y las sin prisas empezaban a ser entrenadas.
Pensé que no importaba molestarla, yo estaba convencido que algo le
había ocurrido.
-¿Cómo,
en la segunda parada?, si esta es MacLeod Ganj, ¿es ahí donde tu
estas?, yo me he bajado ahí, pero tú me dijiste en Dharamsala.
-Un
Jeep 4x4 p más barato, no , cogeré un taxi será más rápido, no
debes preocuparte, pagare de nuevo las 150 rupias.
De
nuevo al ruido y movimientos constantes en un sinfín de gestos,
roces y sonidos. Allí estaba Nuria, a un lado esperando de la plaza
para no ser atropellada constantemente por los taxis y motos. Su
aspecto era de cansada, o quizás ausente, sus movimientos en un
continuo desequilibrio y su mirada perdida debajo de unas gafas,
cuyos cristales debían de ser reciclados del culo de una botella. No
pesaría más de 45-46 kg, y su estatura un poco más baja que la
mochila que portaba en la espalda. Pocas palabras, y de marcha en
busca del albergue que al parecer ya estaba apartado, ¿o no?,
-He
quedado con el dueño, un amigo me dijo quien era el dueño, pero yo
le he dicho que tengo un apartamento pero voy a dejarlo, porque hace
mucho ruido, pero no sé si cogerlo, podemos ir a verlo, Paco, pero
no sé si tendrá otro, yo creo que me quedare ahí, y tú, ¿qué
harás? Los oídos parecían platillos en un resonar, la mente en un
tambor constante golpeado y mi diccionario no encontraba respuestas a
las palabras dichas por Nuria.
Entre
tantos jaleos y desorden, mutilados y mendigos se me vino a la mente,
cuando el comandante del avión anunciaba la llegada a Delhi, tiempo,
horario y que rellenáramos las hojas que nos entregarían las
azafatas y que debíamos entregar al pasar por aduana. Impreso de
declaración, tabaco, alcohol, etc., y un documento que me puso en
alerta todos los sentidos y quizás algunos más.... “Sanidad”.
Todos los miembros de los países afectados por la gripe, o aquellos
que hubieran pasados por ellos, entre ellos España, debíamos de
hacer una declaración firmada de que no habíamos en los últimos 10
días haber padecido fiebre, agotamiento, resfriado, contacto con
algunos de que lo hubiesen padecido, no haber trabajado en contacto
en hospitales o consulta. Quedaba 30 minutos para la llegada y el
cansancio después de 8 horas de avión era evidente, la falta de
sueño, desde el día anterior, se mostraba en mis ojeras y calor
corporal, también debido a las comidas en el avión hindú,
exageradamente rica en picante. El bus que nos recogió en el avión,
llevaba las ventanas abiertas, así que aproveche para refrescarme y
no mostrar síntomas algunos, estaba claro que decía en el documento
que pasaríamos por un puesto medico y se nos podría tomar
temperatura, análisis de sangre y no sé que más.....algo de
cuarentena.
Allí estaban, sentados justo al frente de la puerta
que daba acceso al paso fronterizo, eran tres, con pijamas blancos,
mascarilla y guantes, me recordaba cualquier versión cinematográfica
nazi de la SS. Fui el primero. Me preguntaron por el país de
procedencia y no tuve más remedio que decir España, no antes sin
decir para quitar presión que había embarcado en Bruselas, este
país no estaba en lista negra.
-¿Has
tenido fiebre o has estado resfriado?
-No,
claro que no, le contesté a quien me revisaba de arriba abajo.
Dos
matasellos con fuerza quedaron impresos en el documento. Ahora sí,
el sudor exudaba por cada centímetro de mi cuerpo. Había pasado,
solo quedaba la aduana, pude entender mejor lo dicho sobre la India,
la paciencia es una virtud que hay que saber respetar, claro cuando
se trata de que eres tu quien pides. Tuve que esperar, demasiadas
preguntas a la señora que marchaba delante, después de 15 minutos
me tocaba turno.
-Impreso,¡no
relleno!
-Sí,
lo sé, ¡pero esta parte no la entiendo!
Fija
su mirada en mi mala enrollado en la muñeca....
-Hare
Krisna, eh!,
-Sí,
sí, -le contesto, consiguiendo su sonrisa-.
Y
que sea él quien termine de rellenar el impreso.
Mira el impreso
de sanidad, me mira a los ojos y lo guarda.
-¿Dónde
vas?
-Dharamsala,
como turista, adelantando posible segunda pregunta.
-¿Dónde
te hospedas? ¿Nombre del Hotel?
-Nyingtob
Ling. Solo fui capaz de darle el nombre de la escuela de
discapacitados al que iría como voluntario.
-¿Cuando
regresas?
-27
de junio.
Anotado,
y listo, el sudor de nuevo aparecía, era el mismo exudado después
del paso médico que había entrado por los poros de nuevo para
evitar muestras de inquietud, ante la aduana, el olor era más
fuerte.
Nunca
antes había visto un aeropuerto que pareciera un estación de tren
de las clásicas en ciudades antiguas, seguramente su nombre es más
importante y grande, Aeropuerto Internacional Indira Gandhi de
Delhi.
-200
rupias, ¿cuánto tiempo estará?
-No
lo sé, solo estoy mirando.
El
apartamento nuevo de construcción, aún estaba el fontanero
instalando el grifo del fregadero, el espejo de wc aun con su papel
protector, el edredón y la almohada con su funda de plástico,
sabanas dobladas sin abrir, vista a la montaña del Himalaya, y aún
con restos de cemento blanco sin limpiar, dos camas grande unidas, un
fregadero encimera grande, un cuarto de baño, grande con su ducha y
una terraza al aire del acantilado, con un ventanal que cogía la
pared entera, con cortinas que no quitaban demasiada claridad. Era
demasiado grande para mí, y no quería nada similar que me ayudase a
recordar cosas de España. Supe después que estaba equivocado.
-Sí,
hola está Elsa. ¿Por favor?. Bien puedes decirle que le ha llamado
Paco de España, gracias.
Yo
le había escrito varios mails a Elsa, la casa del Tíbet de España
me puso en contacto con ella. De alguna manera ella dirigía una ONG
en Nepal.
-Sí,
¡ah! hola, Sonan, ¡ah! eres el marido de Elsa, bien, quedamos ahí
en 10 minutos.
Rápido
a la plaza principal de McLeod Ganj, ya la conocía así que no me
sería difícil encontrarla, también me acompañaba Nuria, así que
no me perdería, Aunque creo que era yo quien la guiaba.
-Sí,
soy Paco, ¿tu eres Sonan?. Sí, de acuerdo.
Sonan,
el marido de Elsa, se habían casado hace un año, y aún estaba
esperando los papeles para poder marchar a España. Los tibetanos no
pueden salir de este país, tienen permiso para viajar por el
interior de India como exiliados pero carecen de toda documentación.
Al final me dijo Elsa que casi 4 años podían esperar para conseguir
un visado especial para salir del país.
-Hola
Elsa, que bien, por fin... sí, he llegado esta mañana, estoy
buscando, junto a Nuria un apartamento, ¿sabes tú algo?
Me pidió
que le pasara el teléfono móvil a su marido. Nos pusimos en
marcha.
-Cuánto,
200 rupias, joder......
Increíble,
era amigo de Sonan, la habitación sucia, oscura, baños
compartidos...de suciedad a compartir, claro, no más de 10 metros
cuadrados.
-Paco,
son todas como esta, y esta es barata.
-Déjalo,
Sonan, hemos visto otro por 200 rupias, que estaba bien. Esta tarde
nos vemos.
Habíamos
quedado con Elsa que nos veríamos a partir de las 6 de la tarde,
iríamos a cenar juntos.
Corríamos como liebres perseguidas por
galgos... aún así paramos en el Hotel Lady, estaba en camino, al
principio pensaba que solo era para mujeres.
-Solo
nos queda una cama, en una habitación compartida.
-Bien
y el precio?.
-150
rupias, ¿quieres verla?.
-Sí,
por favor.
El
por favor habría sobrado, una habitación salón adaptada, con 4
camas por cada lado, sin espacios entre ellas, compartidas por
mujeres y hombres, con ropas por todos lados, sin ventana, solo la
luz que podría dar la puerta abierta, paredes pintadas, que daba
alegría a la suciedad y humedad, y un olor que me recordaba al queso
de Extremadura blando para untar, cuyo nombre se me hace difícil de
recordar, porque siempre intento quitármelo de la mente. Era verdad
que el nombre de Lady le honraba, seguramente a media noche el roce y
el cambio de cama podría haber pasado, aunque bien pensado la cama
que quedaba libre, era junto a un extranjero con pelos nunca lavados
y cara de ojos saltones por el hundimiento de su cara. El humo de su
cigarro tapaba algo mas que era difícil ver entre sombras, y su olor
corporal, si es así como puede llamarse cuando no existe el sistema
muscular, no dejaba oler otros aromas, quizás fuera mal educado,
tenía los pies con sandalias sobre la cama, pero al fijarme más
detalladamente, eran sus plantas de los pies, nunca mejor palabra
para describir cuanto veía, efectivamente eran plantas con sus
raíces y flores, debía de ser vegetariano y era su lugar de
siembra.
-Sí,
me quedo con el apartamento te pago dos noches, ¿de acuerdo? ¿Son
400 rupias?
La cocina no, no la quiero.
Cobraba
50 rupias más por la utilización del gas, y estaba convencido de
que no cocinaría, quería probar todas las comidas de la región.
Desde el día de ayer, cuando deje la habitación en la comunidad
tibetana, no había conseguido ducharme, aunque sí es verdad que una
hora antes de la salida del bus había entrado en un wc, y gracias al
grifo a ras de suelo, que usan para lavarse después de haber usado
el wc. Hay que decir que esta cultura no se usa papel higiénico, así
que siempre usan la mano izquierda para esos menesteres. Quité mis
ropas, las coloqué a un lado, con las manos y poquito a poquito
conseguí lavarme, en un baño que me sirvió como el de los mejores
hidromasajes de cualquier spa, tampoco habría gran diferencia en el
color del agua. Recuerdo aguas que proclaman curativas con color de
barro y las gentes pagan más por ello, también es cierto que aquí
el cloro serviría para alimento de los virus. Un calcetín me ayudo
con el jabón y mi toalla pequeña hizo el resto. La puerta sonaba,
cada vez con más fuerza, alguien tendría la barriga suelta, pero
aún tendría esperar.
Casi media hora de ducha, dejando correr el
agua sin reparar en gastos, había observado que tenía placas
solares. Tumbado en la cama, mirando hacia afuera, desnudo sobre las
sabanas, con las montañas que se asomaban con majestuosidad y dos
árboles de más de 30 metros de altura, sus copos alcanzaban mi
terraza, y en ellas varias urracas me daban la bienvenida.
Mi salida desde
Sevilla el domingo a las 15:00 horas en dirección a Barajas, con el
cambio de bus en la estación sur de Madrid, había tocado su fin a
las 21:30. Aún tendría que esperar el vuelo para Bruselas. Noche
larga, sin saber dónde colocarme, los bancos con reposabrazos
impedían el tumbarte, así que un McDonald abierto las 24 horas y
unas gafas de sol me sirvieron para dejar que los ojos descansaran,
hasta que la señora de mantenimiento decidió limpiar mi zona de
sueño. Las 6:00 del lunes y tocaba embarque, respiro e inquietud por
el paso de control de embarque, nunca había visto tanto histerismo y
tanta falta de respeto, supongo que con razón infundados. La llegada
a Bruselas y el cambio de "gate", aprenderé su significado
en mi diccionario de inglés para la ocasión comprado. Toda una
odisea, nunca podré comprender porque no se respete a quienes como
yo, habiendo llegado a las 08:55 y el embarque a las 09:05, con
varias colas para pasar el control de embarque, que de una ojeada,
seriamos unos 600-800 personas. Recurrí a mi mejor aliado en estos
casos..... Mi no entender.....no hablar ingles... mi avión se va....
Gracias a la flexibilidad y agilidad, salte por encima de las vallas,
entre gentes, mochilas y bolsos.
-Oiga,
por favor, mi avión sale. Le decía a unos de los controladores.
-Señor
lo siento tiene que esperar.
Seguramente
esas palabras serían para quienes estaban detrás de mí, yo había
decidido pasar. Le enseñe la tarjeta de embarque al siguiente
controlador que ya tenía preparada las bandejas para depositar las
cosas.
-Rápido,
¡pase por favor!.
Sin
duda alguna era más consciente.
Corriendo sin parar, la puerta
47, estaba en la puerta 0, pasillos mecánicos y no daba tiempo, aun
así, una parada para comprar un café y un bizcocho, tarjeta de
embarque en mano, café en la otra, y el bizcocho aguantado por los
dientes.
-Por
favor, tengo tiempo para embarcar?.
Era
un Indio, tras el mostrador de la Jet Airline.
-Sí.
Sonriendo, miraba el café y el bizcocho.
Las 18:00 horas, ahí
estaba Sonan y seguramente Elsa. Lo más cálido del viaje hasta
ahora sin duda fue el haber llegado a Dharamsala, tantas veces visto
en Internet y en mis sueños. La ducha de media hora, entre plásticos
y cintas adhesivas por lo nuevo del mobiliario, ni siquiera quise
apartarlo, sentía la necesidad de respirar algo nuevo y limpio. Y su
abrazo con un bienvenido, sus rasgos eran de verdadera española.
Ella estaba comprometida en la lucha por la defensa de los menos
favorecidos en esa región de Nepal y Tíbet en el exilio Dharamsala,
estoy convencido que no es necesario más detalles, es cuanto uno
puede imaginar en su más profunda emoción. Nos dirigíamos hacia un
restaurante de unos amigos de Sonan, situado en una segunda planta
con vistas al Himalaya. Una familia tibetana, con bebés incluidos y
muchos jóvenes que sin duda alguna aumentaban la clientela
inexistente. Decidimos cambiar a otro lado, no había mucho que
comer, poco género, seguramente se habrían comido ellos todo el
género del día. Lasha es el nombre del restaurante, también en
segunda planta, su terraza con encanto situado sobre la gran plaza de
los ruidos, donde los bus, taxis, moto-carros y motos, compiten con
sus claxon. La cena fue exquisita y sería en este restaurante, a la
semana siguiente, donde sus dueños hablaron conmigo.
-¿Tú
eres de Grecia?. -Preguntó la dueña del restaurante, sus rasgos
eran evidentemente tibetanos-.
-No
claro que no, soy español.
Al
día siguiente, entre dudas, decidí regresar al mismo restaurante,
la cena era buena y variada.
-Hola,
¿tú eres español?
-¡Sí,
te dije ayer que sí!
-Ella
es Thinlae, mi hija, tú puedes enseñarle español.
-¿Por
qué quieres aprender español?.
Thinlae,
tibetana de pelo largo, cara serena, rasgos japoneses y sonrisa no
olvidada.
-Tengo
que ir a Brasil, si, ¡lo se!, se habla portugués pero quiero
aprender español.
Quedamos
al día siguiente, a las 18:00 horas, habíamos pactado un cambio, yo
le enseñaría español y su madre me daría de cenar. Sonan y Elsa
no comprendían la suerte, tengo un buen karma repetían ellos. Pero
esta también será otra historia.
Había decidido que esta semana
y hasta el domingo no haría nada, solo descansar y situarme. Todo
debía pasar más despacio, de manera alguna debía dejar fluir,
tendría tiempo a partir del lunes para empezar a hacer cosas.
El
templo y residencia del Dalai Lama estaba muy cerca del apartamento,
todo encajaba como piezas de un puzzle. Ya me había enterado que el
Dalai no estaría aquí en estas fechas, y sí el 6 de julio por su
cumpleaños. Estaba decidido y asumido, lo vería en otra parte de
Europa. El camino era largo y siempre en giro. A mitad, un artesano
se encargaba de ir colocando piedras con mantras que se le podía
solicitar pagándole, "Om mani padme hum". Era sin duda el
mantra más solicitado junto a múltiples banderas de colores
representando al mantra que cubrían todo el recorrido que
rodeaba el templo y la residencia del Dalai Lama, casi una hora de
camino. Templo, residencia de monjes y por supuesto no podía faltar
los mendigos indios, verdaderas familias, y algunos yoguis, o al
menos eso parecía.
-Mira,
Paco, ¡que raro!, los militares, eso quiere decir que el Dalai Lama
está ahí.
Elsa
se había percatado de ellos, estaban custodiando, vigilando el
alambrado que cubría la residencia.
Una ilusión nació en mí,
podría verlo.
Los días pasaban
rápidos, a pesar que siempre estaba despierto y levantado a las 5 de
la mañana, el sol entraba con fuerza entre las cortinas saludándome,
junto a canto de mis amigas la urracas. He de reconocer que sonaba
mejor que la flauta que me compré y que aún solo he conseguido
varios sonidos que rompe con la quietud. Fue mi segunda compra
importante, un shakuhashi, la flauta japonesa de madera, su sonido
profundo me tenía cautivado desde hace un tiempo, pero su precio era
prohibido en España, de los 900 euros a los 2000. Más barato verlo
y disfrutarlo escuchándolo en mi mp3. Un nepalí que hacía sonar
todos los estilos diferentes de flauta que vendía, un sonido
envolvente en un viaje constante hacia el interior.
-4000
rupias, este shakuhashi. ¿Quieres probar?
-No
por favor, no sé, ¿puede usted hacerla sonar?
Aún sigo
escuchando su sonido… después de dos semanas.
Un paseo, una parada,
mi PDA me ayudó a calcular el cambio, y efectivamente 61 euros, no
podía creérmelo. El nepalí ya me había dicho que en Japón era
muy cara, esta era de un amigo suyo, su familia estaba en Nepal y él
tenía que enviar dinero, llevaba un tiempo y no había vendido.
-3500,
puedo bajar precio.
Sin
duda la compre, y de nuevo le pedí que la hiciera sonar. Su corazón
salía en sonido. Fui feliz, tenía mi flauta shakuhashi y habíamos
quedado en que me daría una clase, siempre me ha gustado y me
divierte el regateo, “¡tú berebere!” me dijeron una vez en
Marruecos, y así lo creo.
Tranquilo en mi
terraza, con sumo cuidado saque mi shakuhashi, me lo puse en tal como
vi en él, y sople, al cabo de un rato soplando. Me ha engañado, no
puede ser posible, me ha vendido la flauta y se ha quedado con el
sonido. No puede ser, parecía que llenaba globos, solo se escuchaba
el viento.
-¿Ram,
podemos quedar esta tarde para la clase a las 6?, bien, sí, gracias.
Tenía
su número de teléfono.
De nuevo la decepción, Ram no me había
engañado, el shakuhashi aún conservaba su sonido, era evidente, yo
era como mis amigas las urracas de las mañanas.
Domingo 24 de mayo.
Ya conocía la entrada del Templo, así que muy temprano ya estaba
allí. Había mucho movimiento, colocaban colchonetas y cojines
alrededor, algo se estaba preparando, no había nadie con quien
pudiera hablar, pocos hablaban inglés, así que a lo mío, un pase
alrededor, ofrecimiento a los budas, y hacer rodar los cilindros del
"Om mani padme hum", no sin seguir preguntándome para que
sería esos preparativos.
Lunes 25 de mayo, de nuevo mi rutina,
estaba convencido que era imposible dormir más de las 5:30, así que
con mucha tranquilidad, una buena ducha caliente, un afeitado, y un
té con leche, que por 5 rupias me tomaba diariamente a la puerta del
templo, también descubrí unos donuts tibetanos, que vendían y que
estaban mucho mejor, que los conocidos, total 10 rupias por
desayunar. Este sería mi último desayuno, durante una semana que
duro las pujas, eso era lo que se tramaba, empezaba a las 6:00 y
terminaba a las 17:00, todo el tiempo recitando mantras, sentado en
posición de buda sobre un cojín y debajo la colchoneta, ahí estaba
yo, en medio y junto a la puerta que daba al salón tan conocido y
fotografiado donde siempre aparece el Dalai Lama sentado, como en la
película 7 años en el Tíbet, o como los múltiples videos y
documentales que se pueden ver en youtube. Pasaron unos monjes
ofreciendo Leche con mantequilla caliente y pan, es típico tibetano,
pero no había manera, no tenía un cuenco para llenar, así que no
pudo ser ese día. Las piernas y el sueño me invadían, así que
decidí a las 10:00 regresar al apartamento y dormir un poco y
estirar las piernas. Solo fue una ducha, y de regreso al Templo. Era
justo el momento de una parada, las 12:00. Todos corrían, tibetanos,
y monjes y algunos extranjeros hacia la parte baja del templo.
Ofrecían la comida, arroz blanco, sopa de lenteja, pan y yogurt.
Debía de buscar un cuenco o recipiente, así que me fui alrededor
del templo, y en una de las capillas había apilado cuencos de bronce
que se utilizan para las ofrendas en comidas o agua a los Budas,
estoy convencido de que no se enfadarían conmigo los dioses por
coger prestado un cuenco, que me serviría para almorzar. Ellos reían
viendo mi cuenco y hablaban entre ellos, estoy convencido que sabrían
donde lo había cogido, así que hasta arriba de arroz y sopa de
lenteja y encima yogurt con un pan blanco, que apenas se presenta
cocido. El cuenco seguramente pertenecía a los dioses, la comida me
supo a ellos. Este sería mi cuenco durante la semana que duro estas
pujas. Una semana de meditación, desayunos y almuerzo. Hoy lunes aún
no sabía que me tenía preparado el karma.
Martes 26 de mayo,
eran las 11:55 h, se acercó, levanto su mirada y miró fijamente a
mis ojos, ni siquiera pude ver sus gafas, solo su mirada… su
sonrisa.
En una tienda de
productos tibetanos, encontré los malas que estaba buscando y que de
alguna manera serian mis malas. Uno de madera de sándalo, con su
olor inconfundible, el otro de madera de rudrasha, el árbol donde
Budha encontró su iluminación, su color oscuro y con piedras
blancas y gemas verdes. Guardé el de sándalo y colgué en mi cuello
el de rudrasha. Aún llevaba en mi muñeca izquierda el mala de
madera que me regalo Fernando. Sería mi mala para las oraciones y
meditaciones, el de rudrasha podía esperar. Por la tarde, me entero
por Daniel, un español que vive aquí en McLeod Ganj, que su amiga
tibetana que trabaja en información y turismo, se ha enterado que el
Dalai Lama, estaría en la puja de mañana martes, de 7 a 9 de la
mañana. No podía creer que fuera cierto, que pudiera ver, de alguna
manera estar cerca del Dalai Lama. Estaba equivocado, el karma sería
otro.
Había decidido
levantarme a las 6:00, para estar pronto y coger un buen sitio en el
templo, quería estar cerca, se lo comente a Nuria y me pidió
acompañarme. 6:25, y estábamos colocado al frente donde se sentaría
el Dalai Lama, a unos 15-20 metros, entre monjes. Al final era
cierto, el Dalai Lama vendría, todo estaba preparado. En la entrada
del Templo
varios agentes de seguridad vigilaban la zona de entrada,
haciendo pasar por un detector de metales y cacheando. Me habían
comentado el día anterior que no se podía llevar, grabadoras,
móviles, cámaras, mecheros, cerillos, etc. Yo violando las reglas
me escondí mi cámara digital, ayudado de su cuerda en la zona
genital. De nada sirvió, el celo del vigilante dio con la cámara.
-¿Qué
es?
-Una
cámara, le conteste.
-Prohibido,
no puedes pasar.
Le
pedí dejarla ahí, y no fue posible, la única solución era
llevarla al apartamento. Corría como un galgo en las cuesta arribas,
que se hicieron planas, y de vuelta las cuestas abajo eran nubes en
mis pies. De nuevo el cacheo y las disculpas por mi parte.
Demasiado movimiento
de gentes, ni un lugar donde sentarse, supongo que seríamos más de
2000 personas, todos los monjes del lugar, tibetanos, indios y
extranjeros. Pero ahí estaba yo, en un lugar de lujo, muy cerca de
la escalera que seguramente debería de subir, estas daban al frontal
de su residencia y por lógica él debería de subir porque al templo
siempre se entra dando una vuelta en sentido del reloj. Las 08:55,
mas de dos horas de espera, algunos militares situados en lo alto de
la escalera, monjes y monjas sentados y de rodillas junto a ellas. Yo
solo estoy a 8 metros. De pronto empieza a subir la comitiva, algunos
monjes ancianos, los del cuerpo de seguridad, y salí corriendo
agachado entre monjes, quería estar cerca. El subió, miró hacia
nosotros pero continuó saludando, con su sonrisa, que siempre tiene
para cada uno. De nuevo regreso a mi asiento, nadie lo había tocado,
y Él entro, se sentó en su sitio y la puja empezaba o continuaba,
lo que desde las 6:00 había empezado. Mantras, silencios, y más
mantras, momentos con su campana y corporales, sonrisas, gestos con
las manos, y más sonrisa. El último mantra empezó con una largo
silencio de una hora y media, eran las 11:45, se levantó y se
dispuso a salir por la misma puerta que entró, pero esta vez debía
de bajar por la escalera que estaba a mi derecha a unos 5 metros, así
cumplía con la obligación de dar el giro al templo. Tibetanos,
monjes y extranjeros, corriendo al pasillo de la bajada de escalera,
no más de 2 metros de anchura, agachados, algunos con katas
(pañuelos blancos para la bendición) y otros porque ya estaban ahí.
Me acerqué entre empujones y agarres para que me agachara y me puse
en segunda fila, saque mi mala de rudrasha del cuello y lo coloque en
mi mano izquierda. El se acercaba, paro a su izquierda para conversar
y bendecir a un anciano, solo estaba a dos metros de nosotros, giró
y se acercó a la inevitable bajada de la escalera, solo podía mirar
hacia nosotros no había otro remedio, una extranjera levanto sus
brazos con el kata blanco, otros agacharon, otros querían tocarlo.
Yo me levanté, con una ligera inclinación de mi cuerpo y mi cabeza
con la mirada hacia abajo, extendí mi mano izquierda con mi mala de
rudrasha, Él se paró, subió su mirada, miro a mis ojos, extendió
su brazo derecho, cogió mi mano y toco el mala de rudrasha, su mano
era suave y fría, su sonrisa entro en mi corazón y su mirada fue al
alma.
-¿Puedo
tocarte Paco?.
-¿Y
yo también, por favor?.
Elsa,
su marido y varios amigos querían tocarme, de alguna manera ellos
estaban convencido que tocándome, pasaría energía del Dalai hacia
ellos. A veces tu propia energía juega esas pasadas. Algo extraño
estaba ocurriendo en mí, nada sería igual en ese día.
Decidí ir a meditar
cada día al templo, al principio solo seria 10-15m, se iría sumando
cada vez mas minutos, y las historias vividas siempre diferentes,
aunque si tengo que decir que había algo que siempre se repetía,
hasta un cierto día, que decidí colocarme de frente y... esta
también es otra historia.
-Un
momento Paco, me llaman.
Estábamos
cenando, yo debía de cenar donde impartía clases de español, y
coincidió que llegó Nuria con un amigo y se sentaron a mi lado.
-Puedo
hablo contigo Paco, me gustaría contarte una cosa para que me des tu
opinión.
-De
acuerdo, Nuria, ahora o después.
-Después,
tomamos un té.
Kamala, la había
llamado, le había preguntado
si ya había conocido a Dr. Tibetano. Eva, amiga de Kamala, le
había aconsejado a Nuria la posibilidad de viajar a Dharamsala,
aprovechando la situación de paro, y claro como a ella le gustaba
todo lo referente a la cultura tibetana y budista. En dos semanas
sería decidido su viaje, todo preparado, dos días antes. Kamala le
había pedido si podría sacar unos papeles importantes para alguien
de Dharamsala que quería casarse como medio para salir del país.
Todo listo, 1 de mayo y Nuria estaba en camino. Lo que no sabía es
como la habían manipulado, para que fuera ella quien se casara con
el Dr., de ahí las llamadas de teléfono. Después se supo que era
Eva quien debía de hacer ese encargo. Fue una semana de asedio
total, con rumbos perdidos, llamadas y más llamadas, y yo en medio.
Solo podía aconsejarle que fuera a conocerlo y se dejara llevar por
su corazón, aunque bien era triste la manipulación.
-Tiene
familia en Tíbet, el es viudo y de 50 años, Paco. Me ha invitado a
pasar el día en Dharamsala baja, el próximo sábado e iremos a ver
un partido de criquet. Me siento mal, no se que hacer, además
tendría que bajar a Delhi, recoger unos documentos, rellenarlos aquí
en Dharamsala, volverlos a bajar.
-¿Y
esos gastos quien lo cubre, Nuria?
-No
se, no me ha dicho nada, tampoco Kamala.
-Siempre
he utilizado mi almohada para comentarle muchas cosas y a veces
funciona, aunque no la tengo aquí, así que mejor coge la tuya,
vale.
-Gracias,
Paco.
Más
tranquila, con ojos perdidos, más de lo que las gafas tapaban. Al
día siguiente y antes de su excursión con el Dr., ella le había
dicho que había decidido no seguir adelante y disfrutar con su viaje
por India, no estaba bien como la habían manipulado, y no quería
sentirse mal, haciendo algo que después no sabría las
consecuencias.
Una amiga de Elsa
debía acudir a la consulta del médico del Dalai, por segunda vez.
Yo le había pedido a Elsa conocer al Médico. Este fue uno de los
motivos de haber viajado a Dharamsala. La Medicina Tibetana siempre
tuvo un lugar en mi corazón, que fue reforzado con mi primer curso
de Terapia Cráneo Sacral. Una amiga de Santiago de Compostela me
había aconsejado aprender CraneoSacral, aún yo no sabía que era.
Después supe que desde siempre lo practiqué en mis terapias. Así
que en un próximo curso en Valencia tuve mi primer contacto con la
Biodinámica CraneoSacral. El profesor, delegado en España por Un
Maestro Ingles en estas terapias, me comento que éste había estado
aprendiendo algunos años con la medicina Tibetana y había conocido
al medico del Dalai e intercambiado opiniones. Así que algo se
encendió en mí... y quizás sólo fue el EGO que brilló, pero de
alguna manera éste me ha llevado a caballo en muchos caminos.
Estaba dispuesto a
pedirle a este médico si podía aprender algunas cosas, quizás
algún curso que se impartiera. La verdad es que no sabía por donde
empezar y si esto sería posible, pero era una oportunidad.
Así que el día de
visita en Dharamsala Baja acompañé a Elsa y su Amiga a visitar al
médico, Un Hospital Universitario, que también podría ser un
ambulatorio en reforma por el deterioro. Una cola de personas
esperaban a la puerta, no sin antes subir por unas escaleras en
ruinas, sin luz, humedad, y muros de paredes que se movían en un
laberinto.
En la primera planta,
como si una terraza fuera, sacada de un tejado estaba el despacho o
la consulta, unos bancos con paños cubriendo, los asientos, y varias
personas esperando, ancianos y jóvenes. Nos toco el turno de entrar.
Una habitación de unos 4 metros cuadrados, una mesa a un lado, una
estanterías llenas de libros, jugando a la descolocación y quizás
olvido, lo que podía parecer un sofá, cubierto de telas en sus
colores tibetanos y cojines y dos sillas juntas frente a frente. Y
ahí estaba Él, sentado en una de ellas. Me recordaba a la placa que
estaba colgada en su puerta, un cartón con su nombre escrito a
rotulador en tibetano y en inglés.
Eli
se sentó frente a él, rodillas con rodillas, el cogió su antebrazo
y coloco sus tres dedos entre la muñeca y antebrazo. El silencio era
majestuoso, su mirada perdida…o quizás no...
-Sigues
aun con un poco de infección en el estómago, continúa tomando
esto.
Eli
ya había estado en una anterior visita y había encontrado bastante
mejoría de una enfermedad que arrastraba desde hace mucho tiempo y
el supo de que se trataba...
“Doctor,
él es mi amigo Paco, ha venido a Dharamsala por un tiempo, ¿puede
Usted tratarlo?” Le dijo Elsa.
Inclinó su cabeza y
me invitó a sentarme frente a él, con su mirada. Agarró mi
antebrazo derecho y colocó sus tres dedos entre mi muñeca y
antebrazo. Levantó su mirada hacia mis ojos.
-Su
mente y su cuerpo necesitan estar alineados. Toma esta medicación.
Elsa
y Eli, observaban, no sabían que estaba pasando, no comprendían que
había querido decir.
Yo
podía saber lo que estaba diciéndome. Todo se movió en mi...
pasaron todos mis recuerdos y mis traumas, mis deseos e inquietudes,
mis llantos y mis sonrisas...El me conocía…
-Que
tiempo estarás en Dharamsala?
-30
días más, llevo aquí una semana.
-Bueno,
así debe ser, es una pena, porque debo marchar a Europa y estaré
fuera durante tres meses, decía él.
Arrancó
unas hojas de su propia libreta de recetas y anotó un nombre,
teléfono y correo electrónico, “estos son mi datos. si vuelves
por Dharamsala, me gustaría que volvieras, yo podría enseñarte
algunas cosas y tu podrías enseñar a los alumnos de este centro tus
técnicas”, dijo.
Eli sostenía a Elsa
para que no perdiera el equilibrio. Extrañó porque estaba sentada
en lo parecido a un sofá y yo me despedía de él, no sin antes
haberme pedido mis datos. Lo quería por si acaso venía a España,
me llamaría para un reencuentro.
-Paco,
yo no le he dicho nada...
-Lo
sé, Elsa, puedo saberlo -le contesté.
-¿¡Y
cómo es posible que el supiera el por qué tú habías venido a
verle!?
-¡Es
el milagro que toca algunas cosas! Y a veces todas las cosas...
Se hizo el silencio
entre nosotros tres.... no sin antes pasar por la farmacia del
llamado hospital donde prepararon unos comprimidos de yerbas, para
Eli y para mi. Y de vuelta a McLeodGanj, Residencia del Dalai Lama.
Algunas cosas
cambiaron en mi desde ese día. Ya no sería un desconocido ni un
turista en Dharamsala, para alguna gente... Aún recuerdo al Ángel
que conocí en Dharamsala, entre muchos de ellos.
Ella subía una
cuesta de las dos calles principales de Dharamsala, una muleta le
soportaba el duro caminar. En un pie un tobillo vendado de cualquier
manera, su paso era lento, su cuerpo casi transparente, de poca masa
corporal, su pelo largo caía desenfadado o quizás poco arreglado
por su espalda...la observábamos.... Elsa se apartó de nosotros y
caminó hacia ella adelantándose, la conocía. Ella, bailarina de
distintos bailes orientales, no podía disimular el dolor en su
cuerpo al caminar...
Sonan,
Sonia, Nuria, Eli y un amigo de Sonan que no recuerdo su nombre
difícil de pronunciar, nos acercábamos al Ángel.
-Puedo
mirarte el pie? -Le pregunté.
-No,
no....te preocupes -contesto con ojos sorprendidos.
-Confía
en él, él sabe -le dijo Elsa.
Nos
sentamos en unos escalones que subían a la única oficina de correos
en Dharamsala. Siempre estaba llena de paquetes y cartas amontonadas
en su interior, y a veces se podía ver asomar por la única ventana.
Le ayudo a sentarse, cogiendo la muleta. Le quité la venda mal
colocada desde el principio, colocada sobre un tobillo inflamado y de
infinidad de colores morados y rojos, en un llamado ambulatorio.
Había tenido un accidente en uno de los saltos de baile, esa misma
mañana... Ella aún me miraba y decía “no... no, déjalo”. Sólo
hice lo que se hacer, coloque mis manos en su tobillo y esperé un
poco.
El pie movía sus
dedos, la musculatura de la tibia adquiría vida propia... lágrimas
se vieron caer en las mejillas del Ángel. Nadie sabia que estaba
sucediendo, pero todos estaban alrededor y yo dirá que agarrados en
un abrazo…
El
pie saltó en un crujido de su articulación... y todo estaba hecho.
Seguía
llorando, aún con más fuerza, miraba a todos mientras caía tumbada
sobre los escalones, la emoción envolvió en un abrazo rodeando una
sonrisa en todos.
-Levántate,
ya puedes caminar -le dije.
-Me
pondrás la venda?.
-No
es necesario amiga mía
Intentó
incorporarse pidiendo la muleta, acerqué mi mano para que pudiera
apoyarse en ella.
-Tampoco
es necesario, confía en Ti.
Su
caminar era lento, quizás sorprendida, aún seguía llorando, no
giró su cabeza, caminaba hacia delante en esa cuesta constante, que
llevaba a la plaza central de Dharamsala....
Olvidó
su muleta....
-¿Que
hago con la muleta Paco?
-Déjala
ahí, quizás alguien la necesite Sonan.
Soltó
la muleta, pasó su brazo sobre mi hombro y caminamos en silencio.
Sonan solo me miraba, me acompañaba muy cerca, quizás notó que lo
necesitaba en ese momento. Cenaríamos en el restaurante donde yo
cada día impartía clases de español a cambio de mi cena diaria.
Sus sonidos eran
mágicos, tocado por el mazo que sostenía su mano como una
prolongación de su cuerpo y mente. Angie, alemana de nacimiento
media India de condición. Medio casada con un tibetano y medio ir y
venir entre dos pueblos, creo que todo en ella estaba a medias... Su
vida eran los Cuencos tibetanos, sus hijos pequeños como los llamaba
ella. Impartía cursos en Dharamsala y era bastante bien admiraba en
su Maestría. Elsa me la había presentado, me cobraría 4.000 rupias
por una semana de clases de dos horas diarias. Quizás un poco caro
para el lugar pero era una oportunidad.
Su habitación,
pequeña, en un edificio de tres plantas, metido en un hueco de una
montaña cerca de Dharamsala, los monos caminaban a sus anchas como
propietarios de los pasillos buscando comida, ya me habían comentado
que no debería mirarles a los ojos, porque estos se enojaban.
Una cama medio en
ruinas, una estantería, con aún no se que cosas, algunos cuarzos y
amatistas, muchos cuencos en el suelo que había que saltar para
poder entrar en una habitación en la cual la humedad ocupaba
todo....
-¿Quieres
un poco de Té?
-Sí,
por favor.
No
era fácil negarle nada, su sonrisa y su luz envolvía todo el
espacio.
Con las tazas en las
manos comenzó el curso, hablándome de los cuencos. Lo detallaba
como un parto en su nacimiento. Los cuencos cobraban vida y nos
sonreían. Se notaban felices, ellos eran la atención del curso...
Aparto de siete de
ellos siete sonidos, do,re,mi,fa,sol,la,si, y de formas diferentes en
sus mantras, correspondiendo a los siete chakras.
Después de casi una
hora de teoría me pidió tumbarme en la cama, ella me haría probar
los cuencos en mí. Aún creo que no fue necesario, yo los había
sentido desde el principio como un recuerdo que aún estaba en mí.
Cuando
regresé a la irrealidad de la vida aún quedaban los sonidos en el
aire, casi una hora había pasado...
Angie estaba más
emocionada que yo. Su mirada no podía ocultar las lagrimas.
-Hasta
mañana, Paco. A la misma hora por favor… -Solo pudo decir estas
palabras.
Marché,
quizás el silencio lo era todo en ese momento. Creo que los monos
pararon al pasar, no se si también se despedían de mi o el sonido
de los cuencos aún seguían también en ellos.
Estaba
decidido, hablaría con Angie, yo quiero unos cuencos como esos. El
mío de España también podría servirme, nunca supe su nota musical
aunque creo que nunca le di esa importancia. Así que sólo debía
comprar seis. Estaba equivocado…pero esta es otra historia...
Mi segundo día tuve
que esperar a Angie durante casi media hora. Se retrasaba, pero bueno
al menos estaba en compañía de una mona que transportaba un monito
bajo su abdomen, se agarraba a la madre y me miraba. Al menos eso
creía yo, no quería mirarlos, ya lo había hecho una vez subiendo
el camino y tuve que esconder la mirada, bajo la cabeza dentro del
pecho, increíble la mirada y los dientes de esos monos. Estarán en
un pueblo de paz y místico, y ellos bien que son recibidos y
alimentados, pero mejor saber que es bueno no ser amigos ni enemigo
de ellos....
Angie, llegó
acelerada. No se que habría querido, tampoco era mi problema.
Calentó el Té y empezamos nuestra segunda clase. Trabajaríamos
sobre el dolor con los cuencos tibetanos. Todo parecía fácil, todo
es como debía de ser... así que sin más palabras me hizo practicar
en el golpeo a los cuencos. Recordar los movimientos y secuencia en
el tratamiento del sueño, yo practicaba en la cama, en un invisible
paciente...o quizás si había alguien...¡no se!
-Mañana,
tu me harás la terapia del sueño Paco
-Bien.
Angie
Marché. Le había
comentado la decisión de comprar cuencos. Un comercio en Dharamsala,
dirigido por un Tibetano, importaba los cuencos del Nepal. Iríamos
mañana al finalizar la clase. Todo estaba preparado, con el amor que
los cuencos transmitía, Angie se había tumbado en la cama, yo no
sabia que podía ocurrir, así que deje fluir, los sonidos sabrían
hacer su trabajo. Casi una hora después pasé a CraneoSacral,
coloqué mis manos en varios lugares del cuerpo y algunas cosas se
hicieron posible en Angie. Fue triste y no pude caer en empatía con
ella. Algo estaba pasando y ni siquiera quise controlar, no estaba
allí como terapeuta, así que me dejé llevar como amigo y
acompañarla. Creo que siempre ha sido así, creo que nunca ha sido
posible ser terapeuta y no amigo...debería aprender?...
Caminábamos la
montaña hacia abajo, en dirección a Dharamsala, paramos a tomar un
té, se acercó un Yogui de rasgos occidentales. Se conocían. Angie
le contaba las cosas que había pasado en la terapia conmigo. El
yogui quiso saber cosas, y la magia continuo...quizás esta también
sea otra historia...
La puerta de entrada
al comercio se encontraba prácticamente tapada por los cuencos,
algunos de un metro de diámetro y muchos kilos de peso. Se saludaron
y Angie me presentó. Dejamos los cuencos que se exponían en la
estanterías y nos llevo a una habitación donde guardaba con mimos
otros cuencos. Estos no eran para turistas que gustan coleccionar
souvernirs...
Alrededor de una hora
para elegir cada cuenco… todo era muy importante, la sensación, el
sonido y algo que mas tarde pude comprender; la resonancia juntos los
demás. Sólo tres habíamos elegidos: primer, cuarto y séptimo
chakra. Sería suficiente por hoy, mazos de regalos y algunas cosas
más compré. Estaba feliz, como diría Angie mis hijos habían
nacido en mí.
El
cuarto día del curso fue extraño. Angie me esperaba como días
atrás con el té preparándose. Estaba sentado en un cojín en el
suelo junto a sus cuencos. Me miró en silencio durante un rato.
-Paco,
yo no tengo nada que enseñarte, eres un Maestro, puedo devolverte el
dinero pagado si tú quieres.
Estas
palabras resonaron con dolor muy adentro, yo no quería que el curso
se acabara, quería continuar aprendiendo. Necesitaba aprender, algo
que quizás también me había acompañado desde siempre.
Angie,
pronto pudo observar mi dolor....
-Si
quieres puedo tratarte de nuevo con los cuencos…
-Está
bien, Angie, si me gustaría
Angie
se dedicaba a tratar gente con sus cuencos e impartía cursos con
ellos. Algo se derrumbaba desde el día que yo la traté, o quizás
fuera el cambio que ella necesitaba.
Quería regresar a su
Alemania, pero también sabia que tenía que pasar por Sudamérica,
amaba al pueblo Maya. De mi regreso a España, Angie me envió un
mail desde Alemania, estaba en su casa, había quedado embarazada de
su medio marido, estaba feliz con su regreso. Su medio marido quedo
en Dharamsala. A veces Angie me hablaba de su medio marido, ella
sabia que el quedaría allí, pero también sabia que quería un hijo
de el... es por esto que siempre le llamaba su medio marido. Hoy
tiene un hijo realmente muy guapo, medio tibetano medio alemán. Un
Ser en medio de dos mundos.
De nuevo fui tratado
con los cuencos, una terapia que fue dirigida por ella, hacia ella
misma. No fui al curso el quinto día, ella me dijo que no era
necesario y los dos sabíamos que no seria el último día. Aún
sigue siendo mi Maestra.
Caminábamos hacia el
restaurante y Elsa me comento que había estado tomando Té con
Angie..
-Me
ha dicho Angie que se había sentido muy triste, le había cobrado a
un Maestro. Se ha quedado muy sorprendida contigo, Paco.
Regrese al comercio y
elegí mis otros tres cuencos, el séptimo estaba en España, esta
fue una gran equivocación, que pude solucionar en Barcelona, al
final del mismo año, Sonia, Elsa y Nuria habían regresado a España,
ellas vivían en Barcelona, así que decidí pasar a verlas,
aprovechando un curso de terapia regresiva. Le dije a Sonia que tenia
que conseguir un cuenco, el del quinto chakra. Algunos sitios ya
teníamos para visitar... La casa del Tibet en España, nos había
comentado algunos sitios donde podría conseguir mi cuenco, ya había
decidido desistir de que me lo enviaran desde Dharamsala.
Durante mi tiempo en
Dharamsala trate a varias personas, y algunos decidieron por
finalizado su estancia allí regresando a sus pueblos, sus países,
buscaban algo por India, Dharamsala, Nepal y se sorprendieron cuando
aquello que buscaban ya se encontraba en ellos. Sonia trabaja en
Barcelona como terapeuta en Ayurveda, Nuria es feliz en su trabajo y
con un chico compartiendo una vida, Elsa regresó a Barcelona y a los
pocos meses Sonan, dirigiendo un centro de masajes tibetanos, muchas
veces me había pedido que le enseñara masaje, y algunas cosas le
enseñé, después el decidió aprender técnicas del masaje
tibetano... un Ser muy bonito con un gran corazón.
Sonó mi teléfono
móvil, había adquirido un teléfono móvil, resultaba muy barato
llamar a España y de alguna manera podía estar en contacto con
alguna gente de aquí.
-Si,
diga...ah... yes I am.
Hablaba
la secretaria del Docto,. algo quería de mi que no sabia comprender
bien o quizás no quería entender. Elsa, le había dado mi numero.
-I
call you later -le dije. No comprendía nada y necesitaba centrar mis
pensamientos.
-Elsa,
me ha llamado la secretaria del Doctor, me ha dicho algo que no he
entendido, ¿te importaría encontrarnos y llamarla tú?
Paso
casi media hora cuando Elsa, desde mi teléfono, llamó a la
secretaria.
-Sí,
sí de acuerdo, se lo digo a Paco.
Elsa
cortó la llamada.
-Paco.
El Doctor le ha pedido a su secretaria (así es como llama a su
enfermera), que hablara contigo por si tu podías ir a tratar a una
de sus pacientes, tiene una lumbalgia desde hace tiempo y él no
puede seguir tratándola, estará un tiempo fuera del país.
A veces me he sentido
muy intranquilo y aún me sigue sucediendo en cada consulta nueva que
viene a mí, pero esto era demasiada responsabilidad y no entendía
muy bien el porqué.
Solo pude contestar
sin estar seguro de nada: “Si, claro que si”. Las piernas dejaron
sus musculaturas para convertirse en goma blanda, el suelo parecía
que no existía y la gravedad me había abandonado. Era mediodía y
podía ver las estrellas en el cielo... o quizás solo estuvieran en
mí, asomándose desde los miedos.
-Paco,
tengo que llamar a esta chica, es tibetana, para que me digas donde
debes ir.
-De
acuerdo, llámala por favor.
Vivía
demasiado alejada de Dharamsala, así que lo mejor es que vinieran a
recogerme. Al día siguiente decidimos…
El segundo día que
trate a Elsa, su marido y mi amigo Sonan, quiso estar con nosotros,
él quería aprender, después del tratamiento, decidió que lo mejor
era aprender masaje. Quizás fuera mas fácil para él. Es curioso
como lo natural, lo que ya está dentro de uno mismo, es más difícil
de aceptar… quizás debamos creer más en nosotros mismos. El
tercer día Sonan trató a Elsa con masajes y yo le guiaba. A veces
un alumno deja de serlo cuanto se siente capaz. También tratamos a
Eli. Esto se estaba convirtiendo en una escuela de masaje ilegal, o
quizás fuera mas legal que otras. Sí es seguro que sólo la amistad
y las ganas de compartir ya era importante para que todo fuera una
Verdad, sin importar lo legal o no, a otros niveles económicos y
estatales.
El tiempo ya no
estaba parado en Dharamsala, todo caminaba demasiado deprisa. Aún
así desde las 6 de la mañana hasta las 12 mis visitas al templo y
mis paseos alrededor de la residencia del Dalai continuaban.
Llegaron más gente
de España y Sudamérica, que de alguna manera vinieron a romper la
magia en nosotros y el alrededor, quizás esto fue posible para que
no dejáramos de saber que estamos aquí, en este mundo pisando
tierra...pero esto también sera otra historia....
Esperaba a las
puertas de un hotel de Dharamsala, donde se hospedan gente famosa,
lugar preferido de Richard Ere, sus fotos están en muchos lugares,
un hombre comprometido en la lucha del pueblo tibetano. Un coche de
marca desconocida viejo y casi roto en todas sus partes, a veces
llamamos coche a aquello que se mueve sobre cuatro ruedas. Una chica
tibetana, fajada, casi sin poder bajarse, aún no se como pudo
subirse y lo que era peor, como podía conducir, y esto lo supe
cuando por caminos inexistentes, con curvas sin rectas, nos llevaba
hacia su casa. Casi media hora de camino. Los días siguientes fueron
mejores, lo podía hacer paseando tranquilo escuchando los árboles,
el viento, las urracas, los monos gritando que a veces no dejaban
paso, las motos que parecían moscas y los coches dentro de un
claxon. Todos pitaban, todo era ruido. Aprendí con el tiempo que en
India eligen el coche por el sonido de su claxon.
Una barriada de
edificios bajos, en un rectángulo perfecto de edificios encerrados
en si mismos. Un patio donde jugaban niños, entre escombros y
abandono del pavimento. El primer piso, como siempre a medio oscuras,
el piso pequeño de dos habitaciones, la principal era compartida en
cocina, salón, dormitorio y la otra habitación el dormitorio,,
tangas, capillas, y oraciones escritas, la foto de Dalai ocupando
media habitación, y muchas ofrendas. Una cama, si es posible
llamarla así, pero es seguro que permitiría el descanso de las
almas en paz.
La chica se tumbó,
le pedí que se desnudara la parte de arriba para poder tratar su
espalda. Su piel maltratada por el clima o quien sabe el porqué....
La movilicé como se
hacer, trate su espalda con masajes (compré algunos aceites) y la
traté con craneosacral. El diálogo en el silencio hizo posible el
entendimiento mejor que mi ingles hablado.
Me despedí de su
madre, una señora atenta que inclinaba su cabeza y medio cuerpo con
sus manos juntas en rezo, a cada movimiento mío y en cada palabra.
Al recibirme me ofrecieron un zumo que yo acepté y unas galletas
elaborada por ella. Cometí el error de comérmelas todas y beberme
el zumo entero, es norma y recuerdo mi estancia en Japón que cuando
tu comes rápido y todo te sirvan más. Aún así era de agradecer,
las galletas estaban riquísimas y además eran elaboradas por ella.
El zumo aun no recuerdo de que era...pero estaba fresco...
Tenía una hija muy
pequeña de unos 7 años que jugaba a esconderse para que yo le
dijera cosas, la señora le pedía que me dejara, y yo le seguía
haciendo muecas… siempre me ha gustado provocar a los niños en sus
travesuras, es bonito verlos como se divierten a lo nunca jamás. Yo
sigo siendo un niño travieso con quien me divierto y me hace feliz.
Me despedí de ellas,
quedaríamos para un aproxima cita dentro de dos días, le dejé la
pauta que debería seguir, quiso pagarme y le contesté: al final,
cuando su hija esté bien hablaremos del pago.
En mi segunda visita
todo estaba preparado, esperándome un desayuno, unas tortas recién
hechas, una leche caliente y zumo. Esta vez comería despacio, aun
así era inevitable que pusieran más cosas, y no bastando al irme
tenían preparado un envase lleno de esas galletas que tanto me
gustaron el primer día según comentaba la señora, estaba dispuesto
a recuperar mi peso perdido.
-Estoy
algo mejor, puedo moverme mejor y he ido de compras....Gracias
Esto
era algo gratificante, mis nervios y mi preocupación por ser capaz
de poder ayudarle y el compromiso de la fe del Doctor en mí, empezar
a ser posible.
Era extraño la
escucha en la terapia, algunas cosas no entendía, o quizás mi
barrera en la cultura tibetana me mantenía alejado.
Marche entre
reverencias, inclinaciones y agradecimientos y con mis galletas, ya
hablaremos del pago, le respondí una vez mas ante su insistencia, no
sin antes ofrecerme un zumo para el camino. Seguía sin reconocer su
sabor, pero estaba fresco.
Macleod Ganj en sus
fines de semana, era el lugar más ruidoso jamás escuchado, la nueva
clase media India, llenaba cada espacio del silencio con sus
cláxones, coches, motos y gente vestida de multicolores. Era
simpático observar a jóvenes hindúes con sus vaqueros, gafas
rayban y sus pelos engominados, estilo americano. La imagen del
hindú, creada en mi sueños no correspondí a la realidad de los
fines de semanas.
Necesitaba
desconectar de aquel enjambre de ruidos y gente, y un cartel pegado
abrió esa posibilidad. Trekking a la montaña… pues si... ¡pero
por favor en grupo no! Mejor sólo, eso creía yo.
Una buena
oportunidad. Le comenté a Nuria lo que estaba pensando hacer y claro
por hablar en voz alta, la compañía no se hizo esperar. 4.200
metros de altitud, deberíamos subir unos 2.000 metros..nada...
demasiado poco ,eso esta hecho..dos kilómetros aunque sea de subida
y por un sendero ya conocido, es fácil en un par de horas estaremos
arriba.
8
de la mañana, iniciamos el camino desde Dharamsala, compramos
botellas de agua, galletas y zumos, poco cargado, mi vestimenta de
siempre, y mis gafas de sol, no necesitaría más. 40 grados de calor
y una humedad del 80%, bueno, me llevaré dos litros de agua por si
acaso. Nuria llevaba su mochila, o quizás sea mejor decir, la
mochila llevaba a Nuria..
Paramos en puesto que
servia té con leche, y preguntamos por el camino. El mapa estaba
equivocado o mal señalizado, habían construido una caseta de luz,
que tapaba el camino.
Avanzamos
una media hora, un grupo de gente estaba haciendo fotos...
-Hola
Paco, Hola Nuria... vais a subir??
-Sí...
-¡¡Qué
bien, podemos subir juntos!!
Un Grupo estaba
hecho, les pregunté si llevaban claxon, bocina, pero no… no la
necesitaban, tampoco ruidos... Dos amigos que ya había tratado en
Dharamsala y dos chicas que le acompañaban.
Lo interesante del
camino es que sólo podríamos andar en fila de a uno y veces ni
siquiera cabíamos en el camino. Caminábamos a solas, cada uno en
sus cosas, quien quedaba detrás, ahí quedaba, eso sí, si Nuria
quedaba detrás, yo esperaba, la mochila iría siempre con ella. Un
amigo de color negro se acercó, el bajaba, no habría problemas, los
dos cabíamos en el camino, me aparté, él no quiso apartarse y yo
tuve que claudicar, no quería enfrentarme a el, sus ojos, me miraba
y su lengua mostraba la sed. Agarré la botella de agua y le ofrecí
un poco en mi mano, lengüetazos va y viene y un poco de mis
galletas, aún no recuerdo como se llama, tampoco se lo pregunté.
Pude entender que le pasaba, pero no creo que pudiera comprender sus
ladridos... así que este amigo mío nunca se separo de mi durante
los tres días que duro la aventura. Decidió subir conmigo a la
montaña, se quedó alejado y regreso conmigo, desapareciendo en
Dharamsala, nunca mas volví a verlo.
Habían dos tiendas
donde alquilaban sacos de dormir y algunas ropas de abrigo, también
preparaban comida rápida, y otra dirigida por una pareja extraña.
Él llevaba el pelo al estilo jamaicano “rastas”, creo que sí,
bueno tampoco creo que la higiene fuera una gran aliada, al menos el
pelo no necesitaba de grandes cuidados. Occidental de quien sabe
donde, fumando siempre, uno detrás de otro. La sonrisa no faltaba,
aunque si todo tipo de yerba, ya no crecía alrededor..todo estaba
fumado. Ella, un día decidió subir la montaña, y se le olvido que
también se puede bajar, así que se quedo con el, en la tienda, ella
decía que se quedaría hasta que todo el prado fuera fumado...
4.200 metros de
altitud, en pico de una montaña, picos mas altos y mas bajos, nieve
a escaso metros, la tarde caía, y el frío era insoportable, así
que el negocio de los sacos de dormir, estaba bien pensado. Habría
que quedarse a dormir y el único lugar era al exterior, donde
cabras, monos blancos, urracas y águilas serían nuestros
compañeros...La noche caía, y quedamos reunidos en esta tienda,
donde nos prepararon unas sopas calientes de quien sabe que, pero
calentaba y su sabor único, entre yerbas, un tambor y cantos a todo
movimiento de la naturaleza, todos a coro. La magia del lugar se
quedaba en un circulo tocando nuestros hombros, poco a poco nos
juntábamos, escapando del frío, o quizás sintiendo ese enorme
abrazo, que envolvía el momento. Tapados con mantas, alrededor de un
fuego, a veces mirábamos a un cielo que estando más cerca, nos
regalaba estrellas fugaces, una, dos, tres, y más, y más, un
espectáculo de luz en el cielo, donde las estrellas jugaban en
movimientos como olas del mar. Nos tumbamos, cansados de la subida a
la montaña, entre el calor de los demás y alrededor del fuego que
se consumía, dando paso a la luz de las estrellas y las fugaces. No
pude dormir, demasiada belleza a mi alrededor, las cabras ya no
estaban, y algunas urracas, con su cabeza entre las alas dormían.
No recuerdo una noche
tan corta, dando lugar a la salida del Sol. Quizás estaba demasiado
cerca de tanta luz. Abrí mis ojos que nunca se cerraron, observando
el vuelo de un Águila, en círculos, sobre nosotros.
Pude saber que nos
estaba dando los buenos días, me levante y le seguí. Su vuelo se
aceleraba, planeaba, yo le agradecía el momento de felicidad que me
aportaba, subía a lo mas alto, y se dejaba caer en picado, hacia el
valle, estaba debajo, ahora podía verla desde arriba, sus alas, su
cabeza, su danza en un solo movimiento con un TODO. Cerré mis ojos y
le pedí poder subirme a su espalda, sus ojos se abrieron, no se
sorprendió, y bajando su ritmo, permitió el poder subirme sobre
ella.
Podía ver las
montañas a mi alrededor, los valles, las aguas caían del deshielo,
ladera abajo, ni siquiera recuerdo frío, sus alas me protegían, ya
ni siquiera me agarraba a ella. Yo era ella, y de pronto ella no
estaba, mire hacia atrás y recuerdo ver un ala grande, mire al otro
lado y vi otro ala, mire hacia abajo y solo las montañas estaban,
mire hacia arriba estaba el cielo, con un Sol que me guiaba. A éste,
me decía, ve al éste, y allá me dirigía. Yo era mi águila, el
espacio se fue reduciendo, el mundo era pequeño, todo era UNO. Veía
algo al horizonte, era un templo grande, me acercaba y pude
reconocerlo, El Potala, estaba en Tíbet, sus alrededores, de
comercios, automóviles, plazas enceradas, gente con cámaras,
gritos, risas, fuentes de colores, y hasta creo que pude ver un
McDonald, Todo estaba acabado, ya nada era igual, nunca más será el
Tíbet, solo pude marchar de allí, algunas lagrimas caían, mojando
mi pecho emplumado, pero comprendí que así debía de ser. Decidí
volar mas rápido, ví tiendas de campañas al estilo del pueblo
Indio, un chaman pedía algo que no pude entender, pero estaba en una
posición privilegiada, el chaman me observaba y yo observaba como un
águila se acercaba a la tierra, librando una batalla con una
serpiente, sin perdedores, ni ganadores. Como un gran estandarte,
como un símbolo.
Y de ahí nació una belleza de mujer
India. Quede a ver como me sonría, y algo escuché pronunciar en sus
palabras, “Gracias”. Su cuerpo era bello moviéndose al ritmo de
una serpiente, revestida su cabeza de plumas, por un momento creí
ver sus brazos en alas. Sólo me quedaba marchar, regresar, todo
estaba acabado. Abrí mis ojos, y de nuevo el águila dibujando
círculos en el aire se despedía, su cabeza giró hacia abajo,
mirándome fijo, su mirada profunda me recordaba.
Aún debía de pasar bastante tiempo hasta
que despertaran todos. Durante ese tiempo una familia numerosa de
monos blancos buscaban comida, corrían, saltaban, asustados,
escurridizos. Por un momento pude observar la naturaleza y los
animales que allí vivían, fue en ese momento de despertar al
hombre, cuando pude comprender que el tiempo anterior, sólo era
parte de ese mundo, como un todo, “La gota de agua no puede verse
en el océano”.
Sonó mi teléfono...
-Por
favor, no venga Ud esta tarde, tengo que trabajar, ¿Puede Ud venir
mañana por la mañana?
-Claro…
sí podré. Hasta mañana.
Después de tres meses sin poder salir de
casa, había comenzado a trabajar, su felicidad desbordada se dejo
notar en la conversación. Aún así comentaba que algún dolor le
quedaba pero nada le impedía moverse.
El cambio había sido notable, las tres
mujeres de la Casa sonrían, mientras yo sólo podía comer el
desayuno que habían preparado, para bastante gente, de eso estaba
convencido, pero no, era sólo para mí. Aún no se si reían viendo
como me lo comía todo. Y yo pensaba como sería capaz después de
moverme, tratando con masajes , me quedaba el consuelo de saber que
en la Terapia CraneoSacral nada debía hacer, solo escuchar...
Algunas cosas se movieron en el
tratamiento, pero quedará sólo para ella, y no será reflejado
aquí, ni siquiera en mí. Ya no quedo tendida, se levantó y me
despidió a la puerta. Es de suponer que yo no debía de tener buena
cara o mi delgadez se hacia notar por algún motivo, así que mis
manos una vez más sólo servirían para llevar las galletas y el
zumo, que al fin podría reconocer su sabor Una vez más estaba
fresco y su sabor sólo era comparable al zumo que me dió la vez
anterior su Madre.
La próxima cita sería la semana siguiente
y al mediodía, su madre había insistido en que me quedara a
almorzar y así marche no sin antes tener que decirle que el próximo
día les diría cuanto me debían, estaban demasiado preocupadas por
querer pagarme.
Los monos en el camino de vuelta se
apartaron, quizás ya me conocían, o quizás sabían que nada de
comida me quedaba, aunque a veces creo que me habían aceptado,
habían escuchado que alguien de la aldea había mejorado en su
dolor.
Todo estaba preparado, los cuencos
tibetanos, la luz de las velas, el aroma de sándalo y los
movimientos del silencio en mi quietud.
Elsa le acompañaba, ella no sabía donde
vivía yo. Su sonrisa se dibujaba en su rostro, sus ojos alumbraron
la habitación haciendo que las velas ya no fueran necesarias. Su
pelo largo y ondulado y su caminar flotaba en nubes, nada decía y
todo se le escuchaba, se acercó me dió un abrazo rodeando una
sonrisa, y noté como un luz me atravesaba. Aún sigo estando seguro
que conocí a un Ángel. Su tobillo ya estaba bien, seguía bailando,
pero algunas cosas se habían movido en aquel encuentro y quería
continuar. Aún no se porque me llamaba su Ángel, ella si lo era,
aunque supongo que todo Amor, solo puede ver Amor en lo demás.
Su cuerpo no tocaba la cama, ni siquiera
arrugaba las sabanas que le cubrían, lagrimas asomaron, cuando
coloqué mis manos sobre su cuerpo, no se cuanto tiempo pasó, y una
vez mas algunas cosas quedarán en ella y esta vez, si quedan en mí.
La escuché llorar, marchaba de Dharamsala,
su aprendizaje había terminado. Llamaba a mi teléfono, al de Elsa,
quería despedirse, y no fui capaz de ir al encuentro, sólo quería
recordarla como un Ángel que aún sigue estando entre nosotros.
¡Ojala! Un día volvamos a encontrarnos, y pueda ver la sonrisa que
ahora puedo llevar conmigo. O quizás ya puede verlo desde las
Estrellas.
Tampoco fui el último día a la invitación
del almuerzo, Elsa había llamado disculpándose por mí y diciéndole
que nada me debían y si quería que supieran mi agradecimiento por
las galletas, el zumo de sabor desconocido y la confianza en mí.
Todo
estaba cambiando, ya nada seria igual.
El
calor era insoportable, el polvo, el gentío, obras en la calzada,
autobuses, motos... El conductor había decidido parar ahí, estaba
todo el centro en obras y él no estaba dispuesto a pasar ni perder
más tiempo. Cargado con dos mochilas, una bastante grande a la
espalda y otra mediana al pecho para que sirviera de contrapeso y
pudiera mantener mis brazos libres, botella de agua en mano.
Había
llegado a la ciudad santa de Amritsar, deseaba conocer el Templo
Dorado. Unos quinientos metros quedaban para llegar al Templo.
Estaba convencido que nunca llegaría. Las sandalias quedaban
adheridas a cada paso por el alquitrán caliente, y gracias a las
obras, suciedad y polvo mis sandalias renovaban en un constantes sus
suelas. Los dedos de los pies no se distinguían del color negro y
sucio de la calzada.
Una
muralla alta rodeaba el templo. Habría que pasar por habitaciones
con taquillas donde se dejaba el calzado, un cartel con un “prohibido
calzados” anunciaba la obligación de descalzarse para la visita al
recinto. Aún quedaba una larga caminata hasta la entrada al gran
estanque que rodeaba el Templo. Puesto de ventas, mendigos pidiendo,
gente que ofrecían hoteles, el caos que empezaba a conocer y
aceptar. Había escuchado que podría quedarme en habitaciones
preparadas para el turismo y la información era exacta, sólo tenia
que firmar la entrada con mi nombre, apellidos y procedencia.
Habitaciones con camas de madera y una manta que mejor no tocar, una
ducha donde la lista de espera rodeaba el mundo y un wc donde mejor
no pasar. La habitación compartida con 4 camas y taquillas donde se
podían quedar las mochilas. Estaba seguro de la imposibilidad de
robo, el Sijs que vigilaba las habitaciones no daba lugar a dudas
posibles.
Una
ducha salteando algunas cosas difícilmente de poder nombrar y la
descarga del peso aliviaba mi cuerpo, mis pies se habían liberado de
tanta suciedad y mi mente empezaba a pensar en un descanso. Una
entrada grande daba paso al recinto del Templo Dorado, dos Sijs me
prohibieron el paso. Debía cubrir mi cabeza. Ellos mismos me
ofrecieron un pañuelo que más tarde lo cambie por un turbante
blanco. Me ayudaron a colocármelo y todos sonreían felices, supongo
que un extranjero con un turbante aceptando sus costumbres les
llenaban de felicidad, y en realidad yo me sentía guapo.
Chorros
de agua te obligaban a lavar los pies, el lugar es sagrado. Mujeres
limpiaban y preparaban verduras, gente que salían y entraban de lo
que parecía un gran comedor, ollas verdaderamente gigantes cocinaban
algo. Más gente en un ir y venir con platos para fregarlos, todos
eran colaboradores que se ofrecían.
Decidí
pasar, un comedor gigante, inacabable, mucha gente sentadas en filas
unas frente de otras dejando siempre un pasillo entre dos filas. Me
senté en un trozo de alfombra y esperé. Mucha gente me sonreía,
todos estaban atento a mí. Llegaron colaboradores, unos nos daban
platos y cubiertos vacíos y otros pan hindú, otros servían comida
caliente, puré de lentejas, increíblemente exquisitas. Tardé menos
en comer que el colaborador en servir. Esto fue suficiente para que
me llenaran de nuevo el plato. La gente comía, los niños reían.
Según terminábamos de comer habría que levantarse para dejar
sitios libres a otra gente, no sin antes tener que dejarme
fotografiar por algunas familias. Ellos se divertían fotografiándose
con un extranjero con su pañuelo en cabeza y ropa anaranjadas,
supongo que nunca sería posible vestir así en mi ciudad. A veces
nos sentimos más libres cuando viajamos sin miradas que puedan
conocernos. Es magnifica la sonrisa del pueblo Hindú.
Un
nuevo muro en el interior rodeaba, un gran portal con guerreros Sijs
custodian la puerta. Habría que entrar no sin antes meter los pies
en un estanque, el agua purifica y si no es así, al menos a mi en
ese momento me refrescaba y ya esto es de agradecer. Los Dioses
estarían contentos viéndome sonreír y descansado.
Un
estanque de agua con un color desconocido y al fondo, en medio del
lago unido por un puente, una isla pequeña levantaba o quizás
elevaba flotando sobre las aguas el Templo Dorado. Todo mármol
blanco deslumbraba, el color del oro.
Algunos
se purificaban en las aguas sumergiendo su cuerpo semidesnudo. Me
acerqué e incliné mi cuerpo en reverencia ante tanta belleza. Bajo
las aguas algunos peces se dejaron ver. La gente caminaba alrededor
del lago siempre en dirección a las agujas del reloj, mujeres,
niños, hombres... todos en oraciones. Guerreros Sijs, con sus
espadas curvas y lanzas, transportaban a tiempos pasados o quizás el
tiempo aun transcurría en el presente.
Puertas,
habitaciones y más puertas. Alguna gente sentada delante la puerta
parecía estar escuchando. Acercándome a ellos observé que dentro
de la habitación, un religioso sentado frente a unas escrituras leía
algo que los demás escuchaban. Así en interminables habitaciones,
religiosos para un grupo reducido o sólo una persona. Quizás les
anunciaba aquello que querían saber, quizás les respondía con las
santas escrituras en mano a las preguntas de los fieles.
Religiosos
vestido de blancos con grande y largas barbas blancas y con una
sonrisa perfecta. Sus ojos miraban de manera abierta y sus palabras
resonaban como un eco en el corazón, no entendí las palabras
sentado a un lado de ellos, pero su mensaje llegó a mi corazón.
Más
gente se acercaba a mí y me pedían poder fotografiarse conmigo. Ya
me estaba gustando, me sentía como un divo del cine, yo les sonría,
no podía dejar de sonreír. Sus miradas inquietas, sus manos
tocándome por todos lados, la paz del lugar. Algunos hablando me
observaban cuando al final se acerco uno del grupo y me preguntó
porque llevaba esas ropas anaranjadas. Ciertamente desentonaba con
las vestimenta blanca de los hombres, yo afeitado y todos los hombres
con barba. Aun así me hacían sentir feliz. Me preguntó desde donde
venia y claro yo les decía de España, pero supongo que mi respuesta
tampoco les sacaba de las dudas.
El
día transcurría cuando me decidí pasar al puente que llevaba al
Templo Dorado. Alguna gente sólo estaba de visita, otra quedaba
dentro a escuchar oraciones. Todo perfectamente custodiado por
guerreros Sijs. Algo que parecía un libro se dejaba ver en una urna
de cristal. Quedé sentado escuchando los rezos y oraciones, me
sentía uno más entre ellos, también para mí hubo una época que
las espadas compartían mi vida… pero quizás esta sea otra
historia.
La
noche caía, alguna gente se dirigía a un recinto donde la multitud
se agrupaba. Un local grande donde comenzaba una ceremonia de
traslados de espadas sagradas mientras un guerrero Sijs contaba las
aventuras e historias de cada una de ellas. Todo era mágico, sentía
que había estado allí en ese lugar varias veces antes.
Al
salir de ese lugar habían colocado vallas que separaba y alineaban
el paso del puente que conducía al Templo. Las luces, los colores,
la gente… todo era diferente.
Todo
eran hombres en filas de dos, decidí curiosear adentrándome en el
pasillo del puente. Algunos empujones hicieron que avanzara y los
aprietos de la fila marcaban la imposibilidad de dar marcha atrás.
Nada podía hacer, sólo quedar en esa fila que cada vez se hacia más
larga, y yo, un extranjero en medio de ese grupo con mis ropas
anaranjadas entre tanta blancura. Guerreros Sijs pasaban alineando
las filas y colocando orden. No sabia que estaba haciendo ahí, pero
fuera lo que fuera, nada podía hacer, solo esperar. El reloj marcaba
las doce, después de casi una hora sin poder moverme por los
empujones y aprietos y cuando todas la luces se apagaron, al fondo
aparecía gente que cargaba en un paso de madera una urna de cristal
con luces alrededor. Esto me recordaba a la ceremonia de la semana
santa de mi país, los pasos, las voces, las oraciones, las gente
amontonándose. Guerreros Sijs custodiaban la urna de cristal y
señalaban alguna gente de la fila para que ayudaran a cargar la
urna, en total 4 personas cargaban. Que podría hacer yo allí, quien
me mandaría a mi estar ahí. Las caras de algunos cuando me miraban
no era precisamente de sonrisa ni felicidad. Quizás no debería
haber estado ahí, pero nada podía hacer, sólo esperar que la
ceremonia concluyera pronto.
La
urna de cristal se hacia visible, ahora podía ver lo que portaba
dentro. El venerado libro sagrado,
el Gurú Granth Sahib.
¡OH! Dios mío...
no debería haber estado ahí, son sus cosas y yo solo era un
entrometido.
El
guerrero Sijs quedó a mi altura, la urna que portaba el libro
sagrado a unos pasos atrás. Algunos habían transportado el libro,
otros se inclinaban. Incliné mi cabeza ante la mirada del guerrero
Sijs, sólo pretendía pedir disculpa. Sentí como me agarraba del
brazo, las piernas me temblaban y el sudor se hizo frió, la India se
había convertido en el polo norte.
-Por
favor, yo no sabía que no podía estar aquí.
No
recuerdo en que idioma se lo dije pero su agarre fue más fuerte,
empujándome en dirección a la urna y haciendo gestos de que cargara
junto a otros tres. Me colocó en el lado derecho, así que el palo
caía sobre mi hombro izquierdo. Mi corazón soporto el peso. No
recuerdo el camino, ni siquiera la carga, todo quedo borrado en mi
mente, parecía flotar, ya no caminaba. Al final del puente,
guerreros Sijs de hicieron cargo de la urna y yo fui retirado. En ese
instante tome consciencia de donde estaba, rodeado de cientos de
personas, que me miraban, aplaudiendo con una sonrisa mi gesto. Me
abrían paso, me ofrecían agua y un grupo de hombres y mujeres me
rodearon separándome de la multitud. Me pidieron que les acompañara
a su casa para ofrecerme Té. No sabia que estaba ocurriendo, pero
marché con ellos. Fuera del templo se acercaron algunos policías
con sus varas pidiendo que me dejaran. Uno de ellos, el anciano con
su barba blanca, algo le dijo que se quedaron más conformes y me
saludaron. Intente decirles que no podía ir a su casa. Estaba
cansado, ellos me miraron aprobando mi decisión y en un bar con
mesas fuera se sentaron no sin antes dejarme a mí en el centro con
miles de preguntas, antes de que el té fuera servido.
Abrazos
y besos de despedida, más fotografías y saludos con bendiciones
antes de marchar de nuevo al recinto, a mi habitación con mi cama de
madera que me supo a algodón. En un sueño profundo me dejé llevar.
Quise
pasear una vez más alrededor del gran estanque. Ya desde muy
temprano miles de peregrinos giraban alrededor del templo y cientos
de ellos hacían colas para la comida. Se repetía como cada día el
mismo ceremonial. Una ducha, me supo bastante bien al cuerpo después
de un sueño profundo del que había despertado entre dolores
musculares y picaduras que mejor no saber qué se había dado un
festín con mi sangre. Firmé en el libro de registro y algunas
rupias en agradecimiento. Niños, ancianos, hombres y mujeres aun
dormían sobre cartones, mantas y sobre el suelo de mármol.
Seguramente ellos habrían tenido menos calor en la noche y los
insectos se habrían repartido mejor entre tanta gente. A punto de
iniciar mi regreso a Delhi y de nuevo gente que se acercaba para
fotografiarse, preguntar cosas y más Té. Me dejé colocar el
turbante al estilo Sijs, metros y metros de tela blanca ligeramente y
en una ceremonia adornaban mi cabeza, apretando tanto que los
pensamientos tuvieron que salir. Sólo quedaba espacio para el vacío
en mi mente.
Pactaba
el precio con el rickshaw. Lo habíamos medio acordado y uno se
prestó a llevarme por menos dinero, bastante menos dinero. Yo accedí
y quizás no debería haberlo hecho. Gritos, insultos, golpes y
empujones le llovían desde todos los lados, yo sólo podía estar
como espectador. Después me dijeron que esa no era su parada, así
que creo que le salió algo caro estar ahí. Con el tiempo pude
comprobar que esta era una actividad normal y habitual con los
rickshaw en India, el “golpearles” con varas y palos, patadas y
empujones.
A
mi llegada a la estación de tren en Amritsar todo fue rápido. La
ventanilla vacía de gente y el tren que me llevaría a Delhi a punto
de entrar.
-
Por favor, un viaje de ida a Delhi.
-
No, no, debes ir oficina turismo...
Después
de un tiempo por fin encontré el despacho del revisor. No hay prisas
me dije, aquí en India todo lleva su ritmo cuando se trata de ser
atendido, no es lo mismo cuando ellos quieren algo. Creo que es una
manera de equilibrar ambos tiempos. El tiempo pasaba y después de
casi 2 horas de espera fui atendido por el revisor.
-
Debe ir oficina de turismo para el billete de tren.
-
¿Pero dónde está la oficina?
-
Centro ciudad, oficina turismo cerca Templo Dorado.
Sus
palabras eran entrecortadas, o quizás mis oídos sólo escuchaban a
medias. Siempre podía viajar en taxi a Delhi, me aconsejó el
revisor, fuera de la estación muchos taxistas podían llevarme.
Así
era efectivamente, muchos taxistas ya sabían de mí y sólo estaban
esperando a mi desesperación.
Frente
a la estación coches de alquileres con chóferes. Otra oportunidad
se presentaba después de casi 4 horas de espera, discusiones con el
revisor, el de la ventanilla y el taxista. Decidí preguntar en los
alquileres. Un todoterreno viajaba con más gente a Delhi y podíamos
compartir gastos. Así fue mi recorrido de más de 8 horas a Delhi.
Me dejaron en el barrio cerca de la estación principal de trenes en
Delhi. Suerte que aún llevaba mi turbante y podía pasar
desapercibido. Alguien que llevaba también un turbante se quedó
mirando y se acerco a mí.
-Eres
hermano- me dijo señalando el turbante- ¿Necesitas algo?¿estás
bien?
-Acabo
de llegar y busco un lugar donde hospedarme.
-Te
llevaré a un hostal. Nosotros debemos ayudarnos, somos hermanos.
Me
acompañó a un hostal. Algo dijo en hindú a quien estaba detrás
del mostrador medio dormido.
-Aquí
estarás bien y serás bien tratado. Adiós hermano.- fueron sus
últimas palabras.
El
turbante, aparte de sentirme favorecido, estaba siendo de utilidad.
No entraba en mis pensamientos engañar a nadie llevando el turbante,
me lo habían colocado en Amritsar y de alguna manera así debía de
ser.
Media
noche y aunque en India siempre hay movimiento de gente a cualquier
hora del día y de la noche no era prudente caminar sólo por estos
lugares, donde hasta la sombra se mueve por si sola... pero esta
quizás sea otra historia.
Desde
hace mucho tiempo sentía la necesidad de viajar por India, al igual
que por España. Me gusta conocer los pueblos, aldeas, lugares
perdidos y su gente. Así que decidí que los últimos diez días en
este viaje lo haría recorriendo India, sin prisas, sin lugares ya
establecidos. Así nació la idea de ir Amritsar, por una información
un día antes de marchar de Dharamsala. Una marcha que se vio
precipitada por algunos acontecimientos días anteriores y aunque
está en el olvido y asimilado, no así las palabras de esta mujer.
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Plaza de parada Bus en McLeod Ganj










